24 de mayo de 2018
Solapa.
Portada
MARIA BARILLA, Sol de Medianoche. Segundo
lugar en el Concurso Nacional de Novela organizado por la Corporación Educativa
del Caribe -CECAR- y Universidad de Córdoba.
Solapa.
Lelis E. Novilla B.
Nació en Montería el
28 de agosto de 1939, a "escasos 50 metros de la Plaza de la Cruz,
escenario de fandangos", y se siente orgulloso por considerarlo un regalo
de Dios; en el hogar formado por "José del Carmen Movilla Cuadrado, un
modesto talabartero que como consecuencia de un encuentro cercano en plena zona
del Canal de Panamá, creía en la existencia de vida en otros planetas y
esperaba la llegada del hombre a la luna, que ocurrió, efectivamente, seis años
después de su muerte", y de una modesta campesina "Silvia Bello, que
al desaparecer su esposo tomó las riendas para continuar levantando el hogar de
doce hijos y haciendo de la pobreza su más preciado galardón."
Al recrudecer la época
de la violencia debió abandonar los estudios y dedicarse a una serie de oficios
como la talabartería, la zapatería, la fotografía, las artes gráficas y, final-
mente, el periodismo,
así como el desempeño de importantes cargos tanto en el sector público como en
el privado. Desde hace tres décadas se vinculó a Sincelejo, en donde ha sido
galardonado varias veces como "Periodista del Año", ganador dos veces
del premio de periodismo "Alcaldía de Sincelejo" y dos del premio
"Mariscal Sucre" En el campo literario ha sido menciones especiales,
segundo lugar y ganador en varios concursos literarios nacionales, pero se resiste
a recibir el calificativo de escritor y solo acepta el de periodista. "María
Barilla, Sol de Medianoche " es su primera obra editada y esperan turno:
"Memoria de una tarde trágica", relacionada con la tragedia de las
corralejas de Sincelejo:"Lomagrande, un grito de amor y libertad",
novela; "El Camajón", novela, una selección de crónicas folclóricas y
una treintena de cuentos.
María Barilla, Sol de Media Noche
Lelis Enrique Movilla
Bello
Año 2000
Director fundador
Abel Ávila
Director
Alfonso Ávila
Maquetación
Mónica Vergara
Impresión
Eduardo Rivera
Editorial Antillas
Cra. 65 No.84-25
Taller: Cra. 45 No
59-22
Tels: 3518150 A.A.
50410
Barranquilla Colombia
Impreso y hecho en
Colombia
AGRADECIMIENTOS
Al publicar esta obra, expresamos nuestros agradecimientos a
las siguientes personas que lo hicieron posible, bien por los datos
suministrados o por sus voces de aliento:
In Memoriam:
María Cleofe Cuadrado, bisabuela paterna, que me enseñó a ganarle tiempo al
tiempo y a querer a su raza, la zenú; Felicia Cuadrado, abuela paterna, que me
forjó con férrea disciplina y me entregó, en largos diálogos, lo que sabía de
su amiga María Barilla; Eduviges Reina Bello, abuela materna, que con su permanente
y franca sonrisa me informó sobre las costumbres del Sinú; José del Carmen
Morilla, mi padre, que me animó a dirigir mis pasos hacia el maravilloso mundo
de las letras y que con un fuerte y sincero abrazo, premió mi primera nota
periodística publicada; al músico Ladeo, Pacha Feria, Andrés Pérez, Emeterio
Suárez, la China Grcés, Manuela Berrío, Agustina Medrano y Valentina Pacheco,
entre otros, que fueron actores de esta historia y con los que compartí gratos
momentos; Guillermo Valencia Salgado, el Compae Goyo, el primero en creer en el
valor de este trabajo.
Entre los que aún me acompañan en este valle de lágrimas:
Silvia Bello, mi progenitora, fuente inagotable para alimentar mis recuerdos;
Purificación Tirado, mi suegra, que generosamente buscó por todas partes los
detalles sobre el atuendo femenino de la época de María Barilla; Elvira
Durango, mi esposa, que además de darme tres hijos me animó y respaldó
permanentemente, y fue celosa guardiana de los bocetos que deambularon por años
de una a otra parte; Oscar Pérez Támara, José Elías Curi Lambraño, Roberto
Yances Picudo, Lenny Portnoy Solano, entre otros, acicates para que este libro
no continuara inédito.
El Autor
PROLOGO
"Perico, si no fuimos capaces de tener un hijo y por
eso me abandonaste, yo te perdono y en honor a nuestro amor, hoy muere María de
los Ángeles Tapias y nace: ¡María Barilla!".
Barilla sería el apellido que haría famosa a la mejor
bailadora de fandango que ha tenido el Sinú. Este apellido, lo toma ella de su
primer marido: Perico Barilla.
Así con B labial, escribe mi amigo Lelis Morilla Bello el
apellido de esta leyenda del Sinú y yo lo respeto, porque los nombres propios
tanto como los apellidos no tienen ortografía, por eso, son caprichos de sus
dueños, escribirlos como quieran.
Bueno esto es lo de menos, lo demás es el valor narrativo y
de investigación que nos aporta Lelis cuando decide escribir esta novela corta,
primera que se escribe sobre María Barilla y que fuera premiada con el segundo
puesto en el concurso de novela histórica de Cecar en el año 1997 y que él, la
titula María Barilla Sol de Media Noche; linda metáfora para referirse a la
rueda del fandango cuando ya está "prendío" por el crisol de espermas
que se encienden para alumbrar las estrellas del día.
I
Con estas palabras
del primer párrafo, pronunciadas por la mujer abandonada, termina la primera
parte de la novela que, enmarcada en el Sinú -Chimá, Lorica, Ciénaga de Oro y
Montería- viniendo desde las sabanas del Bolívar de antes, Lelis relata la vida
de Evangelina Tapia, la madre de María de los Ángeles, la crianza de ésta en
Berástegui, las primeras lecciones de baile recibidas de su propia madre, los
amores con Perico, recuerda los nombres de algunos porros, al general Francisco
Burgos Rubio, al general Rafael Uribe Uribe y la batalla de Ciénaga de Oro
durante la guerra de los Mil Días, el carácter del hombre del Sinú de aquellos
tiempos, heredado de los grandes dioses de los Zenúes (Panzenú, Finzenú y
Zenúfana) y nos relata algo de las etapas del genocidio que los españoles
hicieron de las razas del continente sin nombre, que después ellos, bautizarían
América.
La segunda parte de la novela y el final, lo termina el
monteriano Lelis -que se trasladó y residenció en Sincelejo con otros
monterianos, que más tarde lo siguieron como Lenis Port-noy, Antonio Mora
Vélez, Roberto Yánces Pinedo, Demetrio Álvarez y Jorge Ganem Robles entre
otros, que llegaron hasta ese pueblo hermano para compensar en parte a los
sabaneros, por habernos enviado muchos años antes a Manuel Hernández (el Boche)
y a María Barilla, que hoy, son personajes legendarios de nuestro folclor y de
nuestra historia- contando, ya enmarcados en la vieja Montería, los amores, dificultades,
alegrías, bailes, fandangos y hasta las hermosas letanías que pasaron para bien
o para mal por la vida de María Barilla, la mujer que dio el nombre al porro
más famoso que tiene nuestra música y al que muchos consideran como el himno
del departamento de Córdoba : ¡María Barilla!
II
No te sigo contando, pero eso sí, te recomiendo que leas
esta novela y de seguro entrarás por el sendero de la microhistoria de
Montería, por la que yo tanto he luchado para hacerla conocer con mis Crónicas,
investigando los hechos como lo hace éste monteriano que orgulloso, siente el
calor del sincelejano y se siente sabanero como el que más.
Para completar este trabajo en prosa y para agradecer a
Lelis por haberse dignado encomendarme que le hiciera el prólogo, quisiera -con
su permiso- transcribir estos versos finales de una poesía que hace rato
compuse para María Varilla ( así con V. ):
¡Ha sonado el porro de ella!
María Varilla ahora sí
a bailar fandango hasta amanecer
María Varilla el porro
María Varilla la mujer
pareja indisoluble que perpetúa
el fandango en la plaza sangrante
donde manteros y banderilleros
fueron valientes por la tarde
Ahora ante el porro y las mujeres
ellos doblegan su cerviz
liban el sudor de las entrepiernas
de las bailadoras que por la madrugada
los arrastran hasta el catre del placer.
EDGARDO PUCHE PUCHE
Montería, Marzo del 2000.
III
Introducción
El general Francisco Burgos Rubio, sable en mano, miró a la
jovencita a los ojos; ella, con algo de descaro, nada hizo para ocultar sus
redondeces y con los brazos cruzados trataba de cubrir los pequeños y
acariciados senos que sólo sus manos habían tocado hasta el momento.
Ella también lo miraba directamente a los ojos sin perder
detalle de las contracciones musculares del hombre, especialmente del rostro,
que aparentaba indiferencia ante el cuerpo desnudo; indudablemente tragaba en
seco mientras apretaba las mandíbulas y pensaba quién sabe qué cosas,
removiendo recuerdos de tiempos idos que no se repetirían. Pero él era un
caballero y optó por aparentar que ignoraba la desnudez de la niña que, si bien
no era bonita, atraía las miradas de los hombres.
Trataban de penetrarse el uno al otro en sus pensamientos, y
no lo lograban. La adolescente lo había visto envejecer en el ajetreo de la
ganadería y de los cañaduzales y ahora de la guerra. El la veía cuando cada
diez días la encontraba en el palacete de la familia Burgos, el sitio más
elegante de Ciénaga de Oro, en compañía de Eva o Evangelina, su progenitora,
sumida en las labores domésticas. Los Burgos, amos y señores de tierras, ganados,
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ingenio y cañaduzales en el inmenso latifundio que
bautizaron con el apellido del abuelo de la familia, un cura, Berástegui, no
miraban hacia la servidumbre.
El general la conocía por haberla soportado en el palacete
desde que era una rorra. Pero había crecido tanto que sólo ahora se percataba
de ello. Varios de los soldados se acercaban y cuando hicieron el intento de
avanzar hasta donde se encontraba el general, éste levantó el sable en señal de
que todo estaba bien y que no debían seguir. Dio media vuelta y sin despedirse,
con el mismo silencio que había guardado, prosiguió el camino con su gente,
bordeando el caño de Aguas Prietas, buscando a los soldados liberales que el
general Rafael Uribe Uribe, había dejado diseminados a causa de las heridas
recibidas durante los combates o por la fuga precipitada después de la última
derrota.
Cuando la muchacha consideró que el general Burgos y sus
soldados estaban suficientemente lejos, tomó la ropa y se la puso. De inmediato
buscó entre las hierbas más altas el cuerpo del joven herido a quien logró
poner a salvo del sable del general o de las balas de la tropa, que perseguían
con saña a los liberales derrotados.
Se trataba de un soldado tan joven como ella que
valientemente soportó los fuertes dolores de sus heridas para no traicionar a
la muchacha que, al verlo indefenso, lo arrastró hasta la Garulla y no dudó en
desnudarse, meterse en las ocres aguas del caño y mostrarse sorprendida con la
llegada del general Burgos, que como la conocía, ni siquiera le preguntó por el
soldado que acababa de pasar por allí.
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La joven en su afán de ayudar al soldado herido olvidó que
acababa de soltar la plancha caliente que durante dos días había sobado sobre
la ropa de los Burgos. Tampoco recordó que meterse al agua en esas condiciones
perjudicaba su salud. Sólo pensó en aparentar que tomaba un baño para alejar al
general y a sus soldados del lugar en el que se hallaba el indefenso joven.
Su cuerpo resistió el brusco cambio, pero llegaría el
momento, años más tarde, para que los efectos negativos tuvieran ocurrencia.
Para ella nada más fue la primera vez que sin prevención alguna brindó ayuda a
quien la necesitaba.
En medio de la pobreza y de la ignorancia, alcanzaba a
entender que compartir era un requisito básico en la vida del ser humano. No
dudaría nunca en hacerlo en el momento necesario.
CAPÍTULO I
Miró desde lo alto de la Sierra Flor hacia atrás, pero la
bruma veranera, densa y muy baja a esa hora de la madrugada, le ocultó la
visión y no pudo distinguir en la distancia las casas del pueblo, allá abajo.
Consideró una lástima no darles la última mirada, y en su interior, tuvo la
convicción que no las volvería a ver jamás.
Sus padres sólo le comunicaron un día antes el traslado al
Valle del Sinú, en busca de un futuro mejor. A pesar de ser iletrada consideró
un contrasentido huir de la civilización, que estaba al norte. Pero le tocaba
viajar al noroeste, en dirección hacia unas selvas en las que todo estaba por
hacer. Si no la pudieron enviar a la escuela en Sincelejo, que se encontraba
prácticamente a la vuelta de la esquina, allá, tan lejos y en medio de la
selva, no tendría ninguna posibilidad de conocer la O por ser redonda ni menos
diferenciarla del número cero. Antonio, el hijo de uno de los capataces de los
García, de Ovejas, que asistió al colegio, intentaba explicarle la diferencia
entre cuándo era letra y cuándo número, pero ella no prestaba atención.
Prefería sus caricias y exploraciones táctiles. Evocó esos momentos que ya no
podría volver a gozar y que ellos repetían hasta el agotamiento, cuando a ambos
les rodaban por las corvas las gotas de un líquido blanco y espeso que se les
desprendía de las entrepiernas.
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Las decisiones paternas no se discutían. Ni su madre habría
osado cuestionar la determinación del viejo. Después de analizarlo con cuidado,
también concluyó que su padre tenía razón. Para el pobre cualquier sitio es
bueno para morir. Total, el pobre no puede aspirar a otra cosa que cumplir la
ley natural de nacer, vivir y morir en cualquier momento y lugar. Cierto que
los ricos, los potentados, también se mueren, pero generalmente, se aseguró así
misma, el poder del dinero les permite enfrentarse a la Parca y hasta logran
hacerla esperar otro tiempo.
Si eran pobres acá también lo serían allá, pero su padre no
descartaba un albur, un golpe de suerte que variara todo. En el Sinú, se decía,
se encontraban huatas y el oro corría con las aguas de lluvia por los patios de
las casas. Si les iba mal, no sería más que ahora que no pudieran soportarlo.
En dos burros -lo único que el viejo pudo adquirir en toda
una vida de trabajo- cargaron las pocas pertenencias de la casa y dos piedras,
una de amolar y otra de moler. La mamá subió al burro con menos carga. Ella
prefirió caminar al lado de su padre, por la estrecha senda que iba de una a
otra loma en un sube y baja que después de varias horas lo consideró
interminable.
En medio del ramaje de los inmensos árboles, los pájaros
creaban con su trino una sinfonía de singular belleza, brevemente interrumpida
por las estridencias de
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las guacharacas y las pavas congonas, el gruñido de los
saínos o el sonsonete del pájaro “puerquero”. En ocasiones formaban, los cantos
y los ruidos, un todo armónico. Una canción de eterna alabanza al creador.
Caminaron desde las cuatro de la madrugada hasta las doce
del día, cuando encontraron un sembrado silvestre de aguacates que servía, como
lo dedujeron por los rastros, de reposo de los viajeros. Su madre aparentemente
menos cansada por viajar encima del burro encendió una fogata para calentar una
viuda de carne salada y preparar una bebida caliente calificada como café, pero
que se elaboraba con las semillas de un arbusto llamado bicho, que tostaban y
molían con maíz cariaco, deliciosa al paladar.
Habituados a penosas faenas la larga y agotadora caminata no
les impedía otra jornada similar, por lo que decidieron continuar hasta la
caída del sol. Cuando el viejo dispuso acampar, la oscuridad reinante era rota
sólo por el titilar de los cocuyos. Ello le trajo a la mente los interrogantes
que se hacía cuando niña, como, por ejemplo, saber de qué manera introducían la
vela en el cuerpo de los diminutos cocuyos para que estos alumbraran durante la
noche y quién se encargaba de apagarlas al amanecer. Al formular la pregunta,
su padre la miró de reojo y le respondió que no perdiera el tiempo en bobadas y
que continuara trabajando. La dureza de la mirada y del tono, le impidieron
hacer otras preguntas.
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No preguntaba para evitarse respuestas que la herían sentimentalmente.
Ni a sus amiguitas, pocas en la región, quiso preguntarles sobre un fenómeno
que apareció en su cuerpo. Una mañana, bañándose en el pozo comunal, al untarse
jabón entre las piernas, descubrió diminutos pelos que le brotaban sobre lo que
hasta ese instante consideró que no tenía otra función que la de orinar. No
volvió a bañarse a la orilla del pozo ni sola ni acompañada, para que nadie se
enterara de su secreto, pero sí notó que los vellos crecían, al principio,
lisos, tersos y después arremolinados para crear una manera de colchoncito como
el que usaba su madre para guardar la agujas.
Otro día cuando el colchoncito era ya un bulto negro y
encrespado, pilaba arroz en pareja con su madre. Las manos del pilón originaban
una rara melodía con la percusión que la montañita vecina se encargaba de
regresar en un eco sonoro y festivo. Toc toc- toc toc- toc toc. Ella sentía que
esos golpes se le metían por los poros y pese al cansancio, no desmayaba en su
labor al considerar que antes que trabajar, bailaba. Evangelina gozaba
mentalmente, como la más hermosa música, todos los ruidos acompasados. Su madre
la envió en ese momento a buscar algo que ahora no lograba establecer y cuando
había dado diez pasos, unas gruesas gotas le cayeron sobre los pies. Su madre
la llamó para mostrarle los tobillos y sin más ceremonias ni explicaciones, le
informó que desde ese momento dejaba de ser niña para convertirse en mujer.
No entendió, pero las manchas de sangre la aterraron. Creyó
que la vida se le escapaba en las gotas de sangre que caían; sin embargo, la
serenidad de la madre la tranquilizó. Fue todo lo que supo.
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Que se había convertido de un momento a otro, a plena luz
del día y delante de todos, en una mujer. Ella venia sospechando, desde que
descubrió los diminutos vellos en el pubis, que ya no podía seguir jugando con
muñecas. Años más tarde, acumulando experiencias y atesorando informes,
instruyó a su hija María de los Ángeles, sobre la aparición del vello púbico y
la menstruación y muchos otros aspectos de la mujer, que ella conoció por sí
misma. No quería que su hija fuera traumáticamente sorprendida por los cambios
corporales. Su madre le recomendó en aquel momento que entre la misteriosa
montaña de pelo negro y el moruno se colocara un trapo doblado para que no
siguiera dejando la huella reveladora de asuntos que sólo interesaban a las
mujeres. Por allá como en la décima ocasión en que hizo el amor con un hombre,
pudo enterarse de una parte apreciable del sinnúmero de palabras que
identificaban lo que tenía entre las piernas, por cuanto en las dos o tres
veces que su madre se refirió al lugar siempre lo llamó "esa cosa" ó
"la cosa".
El cansancio por la larga caminata de catorce horas la
sumergió en un profundo sueño, pero cuando eso ocurrió, en su mente rondaban
los recuerdos de Antonio, de sus caricias y de sus abrazos, de sus intentos por
llevar la mano arriba hasta su mata de pelo en las entrepiernas, pero ella las
cruzaba fuertemente debatiéndose en la duda de si dejarlo llegar o no. Al final
ponía todas sus fuerzas en acción para sacarle la mano que subía impetuosa.
Sabía que si él llegaba no resistiría la tentación.
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A las dos de la tarde del día siguiente llegaron a Chimá, un
pueblo habitado en su mayoría por indios, apostado al lado de un pozo inmenso
que llamaban ciénaga y que ella jamás había visto y ni siquiera imaginó que
existiera.
Como nunca vio tanta agua en un mismo lugar y la abundancia
de peces era impresionante, permanecía como atontada a la orilla de la ciénaga
durante horas, viendo a los hombres, mujeres, jóvenes, niños y viejos,
bañándose y ejecutando malabares en los que el fundamento era nadar. De donde
ella venía el agua era sagrada por su escasez, por las grandes dificultades
para obtenerla y guardarla; en contraste, aquí había tanta, que le daban ganas
de vivir como los peces y desplazarse de aquí para allá moviendo los brazos y
las piernas, y se empeñó en el propósito de aprender cuanto antes a nadar ¡Y
que nadie pusiera en duda que aprendería!
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CAPÍTULO II
No pasaron hambre. Los tres se convirtieron en excelentes
pescadores con atarrayas, trasmallos, anzuelos o arpón y permanentemente
contaban con una provisión de pescado seco y salado. Con frecuencia se metían
en los montes vecinos o en los firmes de la ciénaga para cazar ponches,
pisingos, chelecas, patos cucharos, dantas, puercos silvestres, pavas congonas,
saínos, guacharacas, armadillos, guartinajas y otros animales de agua, aire y
tierra.
Ayudaba a su padre en la preparación de la tierra y la
siembra de arroz, maíz, yuca y ñame, mientras su madre mantenía alrededor de la
choza una variedad de sembríos de frutas y verduras.
Pero los años pasan y como si fueran bultos de piedra se van
acumulando sobre los hombros y la espalda, hasta que el excesivo peso nos
obliga a hincamos en la tierra. Una mañana, tres años después del arribo a la
orilla de la ciénaga, su padre no pudo levantarse de la hamaca. Se llevó las
manos al pecho como si ahí tuviera clavada una estaca demasiado grande que le
impedía levantarse y la cara se le fue amoratando. Sudaba copiosamente. Se
obstinaba en guardar silencio ante el aleve ataque, pero no pudo evitar que un
hondo y pesaroso quejido
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Le brotara de la garganta. Su mujer lo escuchó cuando,
arrodillada frente al fogón, preparaba un calientillo para dárselo. La vieja
pegó un grito y se precipitó en su ayuda para no dejarlo caer de la hamaca,
pero cuando llegó a su lado sólo pudo recibirlo entre los brazos.
El viejo murió en la creencia de que no había llegado al
Sinú, al considerar que si no se conocía el río no se conocía la región, pero
siempre fue aplazando la continuación del viaje. Como miles antes y después que
él, murió sin conocer la historia de su tierra. Ignoró que era tan Zenú como
los nacidos en Montería, en Cereté, en Lorica, en San Andrés, en Chinú, en
Sincelejo, en San Marcos, en Ayapel, o en Dabeiba. No supo que al igual que la
Ciénaga a cuyo lado entregó su vida a los designios del Creador, muchísimas
quebradas, riachuelos y ciénagas tributaban sus aguas al río Sinú. Desde las
quebradas de Jaraguay y Los Pescados, San Rafael, Quebrada Honda, Las Pavas,
Los Cerdos y Los Bongos, y las ciénagas de Pino, San Diego y Monomacho, el caño
de Aguas Negras, también llamado Aguas Prietas y que se une al caño de Aguas
Blancas, después de pasar por San Carlos, Ciénaga de Oro, Arache, Purísima y
Chimá.
La ruta que se trazó desde que salió de su pueblo para
llegar a Montería no se cumplió. Murió en silencio, el mismo silencio con el
que vivió por 65 años. Rumiando su pobreza, la tristeza y el sufrimiento, pero
sin reclamar nada a nadie. Alguna vez dijo que solo él era culpable de sus
desdichas, quién sabe por qué razones.
Eva se quedó sola en la parcela, en medio de una abundancia
de cosas
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que nunca había disfrutado. Sin dinero, pero feliz. Desde
que llegó a Chimá no le faltó el requerimiento de los hombres. Sabía que no era
bonita pero la escultura de su cuerpo le permitía sobresalir entre muchas
mujeres. Recordaba que inopinadamente sus padres, al llegar a Chimá, le fueron
soltando las riendas. Le permitían asistir a los bailes en las casas del pueblo
o en los fandangos de la plaza principal. Le agradaba sobremanera el fandango,
especialmente cuando los organizaban a la orilla de la ciénaga en las fiestas
de San Emigdio, en navidad, en año nuevo y para celebrar el día de la Virgen
del Carmen. Aprendió, desde la primera vez que asistió, a bailar los porros,
las cumbias y los demás ritmos que ejecutaban los grupos de flauta de millo o
de gaita cabeza de cera. Se sentía transportada al cielo cuando se metía a una
rueda de fandango.
En la madrugada de una fiesta de San Emigdio, un éxtasis que
nunca había experimentado se apoderó de su ser y quedó sin voluntad ante el asedio
de un joven vaquero venido de Lorica, con el que danzó toda la noche.
No lograba definir si se trató de un sueño, pero en la inquina
de los recuerdos trataba de vislumbrar a un joven atlético, de proporciones más
o menos altas, de mirada apagada -que fue precisamente lo que la atrajo- con
una tez bronceada por el duro trabajo que le tocaba desempeñar, parco, que
vestía un pantalón de lino, camisa a rayas y un fino sombrero
"veintiuno". No precisaba si fue él o ella quien dio el primer paso,
pero lo cierto, es que de un momento a otro se encontraron en el grupo de
parejas que danzaban en la rueda del fandango.
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La luz de la luna se confundía con la que reflejaba, como un
gran espejo, la ciénaga, a cuya orilla se realizaba la fiesta, y la noche esplendorosa
no dejaba nada oculto. No se quitaban los ojos de encima y en sus miradas
afloraba inocultable la decisión de no dejar pasar la noche sin ofrecérsela al
amor. No había ningún misterio ni se requerían diálogos melosos para el uno
pedir y la otra entregar lo que debía ser consumado por la pasión. Tampoco se
requerían promesas de amor eterno ni compromisos de formar un hogar. Se habían
visto, y sin dirigirse palabras, sin saber quién era quién, ser esa sola noche
el uno para el otro.
Ni antes ni después vio al joven loriquero. Pensaba que algo
mucho más grande que ella la impulsó a entregarse a ese hombre que apareció
repentinamente en Chimá. Después tampoco preguntó a las bailadoras loriqueras
por él. Por eso pensaba que todo fue un lindo, un hermoso sueño. Si había sido
producto de la imaginación o consecuencia de una maquinación de fuerzas que no
comprendía, nada le importaba. ¿Fue un ángel o un demonio? Nunca se preocupó
por establecerlo. Lo único que le llamó más tarde la atención fue creer que ella
no asistió al fandango, porque nadie le habló de su parejo. Como a las dos de
la madrugada y terminada una tanda de la agrupación musical que amenizaba la
fiesta, él la tomó de la mano, se la apretó delicada y amorosamente y ella
siguió sumisa hasta donde él quiso.
Si bien cuando era casi una niña, fue acariciada por Antonio
hasta la saciedad, el loriquero encontró caminos que avivaban su pasión y que
ella ignoraba se encontraban
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en su cuerpo. Los dedos y los labios del hombre viajaban de
un lado a otro de su anatomía, produciéndole extraños cosquilleos en lugares
ignotos que unas veces creía estaban en su corazón o en los vericuetos de sus
intimidades y en otras le surgían de lo más arcano de sus entrañas, de la
cabeza, de los ojos, de la garganta. Se revolcaba de lascivia indagándose si se
encontraba en el cielo o en el infierno, en la tierra o en el limbo, si estaba
muerta o viva y hasta creyó flotar entre las nubes.
Un largo y grueso cuchillo que apetecía y rechazaba a un
mismo tiempo, la quemaba, enervante, entre los muslos buscando una salida o una
entrada, no sabía cómo entenderlo.
Deseaba que entrara y hurgara todos sus arcanos recovecos,
pero allí mismo un débil grito de pudor le decía que no. En la lucha por el sí
y por el no, una forma aceitosa le invadió su bien guardado tesoro y aquel
objeto medio sagrado y medio satánico, que creía era de dura carne, pero de
pronto le parecía de hueso, de dura roca o de hierro, encontró el camino que
buscaba y sin compasión alguna le fue rasgando las entrañas derribando a su
paso todo lo que se le interponía. Pegó un grito ahogado y regresó a la
realidad, pero la gozosa sensación le hizo olvidar el ramalazo de dolor. Se
sintió feliz y se dejó tomar, o mejor, se entregó sin obstáculos.
Cuando llegó a la choza casi al amanecer, su padre estaba
frente a la piedra de amolar sacándole filo al machete; su madre le preguntó
por qué había demorado tanto si el grupo de música silenció sus instrumentos al
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primer canto del gallo y mentalmente, mientras daba
cualquier excusa, agradeció a San Emigdio por haber mantenido oculto el sol
para que su progenitora no descubriera la felicidad que brotaba de sus ojos.
Desde entonces Evangelina Tapias fue de muchos hombres y de
ninguno; gozaba del sexo tanto como de la danza. Mentalmente comparaba el acto
sexual con la rueda del fandango y concluía que eran igual de maravillosos. Si
la invitaban a bailar miraba al hombre a los ojos y sin palabras se decían todo
lo que era indispensable decirse; si no le agradaba el individuo ponía tal
frialdad en la mirada que aquél sabía que estaba rechazado antes de hacer
cualquier pedido. Y el mismo movimiento de cadera en la danza llevando el ritmo
de la música y evitando que el paquete de espermas encendidas se derramara
antes de tiempo, lo ejecutaba en la hamaca o sobre la rústica cama con
movimientos lujuriosos.
Nunca vendió su cuerpo, pero dentro de su pobreza tampoco
rechazaba los generosos dones de sus agradecidos amantes, que de esta manera le
premiaban sus esfuerzos y su entrega. Como en el baile, a veces se equivocaba
de parejo, pero no por ello abandonaba el propósito de lograr la ejecución de
una danza siquiera aceptable. En la cama como en la rueda del fandango su
principal objetivo era gozar la noche.
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Capítulo III
Chimá se le hizo pequeño al quedar en la orfandad. Rechazó
las insinuaciones y las peticiones para formar un hogar, y siguiendo el ejemplo
de su padre, se dispuso a culminar su viaje hasta llegar al río Sinú. Las
bailadoras de fandango que iban de pueblo en pueblo y con las que compartió
interminables noches de danzas a la orilla de la ciénaga, no se cansaban de
hablar maravillas del valle del Sinú.
Sabía, sin conocerlas, el nombre de todas las poblaciones a
orillas del Sinú, desde Las Palomas y Santa Isabel, hasta la desembocadura de
este en la bahía de Cispatá por las tres bocas: Palermo, Navío y del Medio o de
Matos. Varios le aseguraban que más arriba de Las Palomas debían encontrarse
maravillas subiendo el río, pero aun los indios Tunucunas y los darienenses se
obstinaban en defender su tierra del invasor y constituían un peligro para la
vida de los que se aventuraban a navegar contra la corriente, aunque nadie
descartaba que se llegaría hasta el lugar donde nacía el río.
Sin decirle nada a nadie, para que no obstaculizaran sus
propósitos, salió una madrugada y tomó la canoa que salía para Ciénaga de Oro,
como si solo se dispusiera a realizar algunas diligencias. Se subió a la
pequeña embarcación
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con lo que tenía puesto, dejando abandonada la parcela y los
demás haberes, y emprendió el viaje. Pero Evangelina Tapia a quien también
llamaban Eva, a manera de diminutivo, olvidó al destino y cuando la canoa
atracó al término de la primera etapa del viaje en el puerto de Ciénaga de Oro,
en la mañana de un cinco de enero, manos amigas la ayudaron a salir para que
pisara en tierra firme. Eran las manos de bailadoras de fandango que conoció en
Chimá y que se encontraban en el poblado para participar en las fiestas de los Reyes
Magos. Y sin ser ese su propósito,
participó de las fiestas y al término de éstas se quedó y vivió allí más tiempo
del que pensó. El amor, por fin, se le metió un día en el corazón. Un lorano la
conquistó en la rueda del fandango y borró de su mente el norte del viaje que
se había fijado.
Compartió con su misterioso amigo largas noches de amor,
mientras que durante el día lavaba ropas donde los Durango, los Berástegui, los
Tirado, los Burgos y otras importantes familias del pueblo. Así ganaba para
alimentarse y pagar la habitación que ocupaba.
Meses después en una mañana en la que se disponía a lavar su
propia ropa, sintió en su mente y en su cuerpo un algo extraño que jamás había
experimentado.
Al ponerse frente al lavadero y sobar sobre la pieza de tela
la bola de jabón, el mundo pareció girar a su alrededor y las bascas le
contrajeron el estómago hasta expulsar un chorro de agua clarita salobre, que
no supo
20
de dónde pudo sacar. Se aferró al borriquete de madera sobre
el que colocaba la batea, también de madera, para no caerse y así continuó todo
el día, vomitando sin vomitar, con un sudor frío que le agarrotaba el cuerpo.
Suspendió la jornada de lavandería para acostarse a esperar la muerte.
El hombre de sus desvelos llegó como siempre, cuando
prácticamente la calle estaba solitaria y nadie podía verlo. Fue a buscar lo
único que le interesaba, el sexo, pero ella casi que se le vomita encima
mientras le explicaba cómo había transcurrido el día. El amante guardó silencio
y momentos después le informó que salía a buscarle un remedio. El hombre no
regresó y nunca más supo de él.
El fruto de aquella aventura, de aquel amor traicionero, nació
un día cualquiera del año 1887. Por el nombre, muchos aseguran que nació el día
segundo del octavo mes del año, es decir, el dos de agosto de 1887. Se le llamó
María de los Ángeles, y como no tenía padre conocido, recibió el apellido de su
progenitora Tapia.
Era el fruto de su cuerpo, de su amor frustrado, de su amor
traicionado, de su entrega total a un hombre que consideró diferente a los que
habían pasado por su vida, pero, sobre todo, una prolongación de su propia
existencia y se prometió a sí misma no desfallecer en ningún momento para
acompañarla. Se estaría a su lado, en las buenas y en las malas, para darle
apoyo, confianza y fe.
21
María de los Ángeles fue creciendo al lado del borriquete de
la batea o sobre las montañas de ropa sucia que Evangelina debía lavar o a un
lado de la mesa de planchar. En otras ocasiones, a cierta distancia de la rueda
del fandango, desde la cual su madre podía a un mismo tiempo gozar en la
vorágine de la danza y no perderla de vista.
22
CAPÍTULO IV
Las sabaneras y las sinuanas no requieren incentivos para
sacar de lo más profundo del alma los sentimientos por la música y la danza. El
golpe de las manos o de las baquetas sobre el cuero de los tambores, el efluvio
melodioso de las gaitas o el sonsonete de los granos dentro de los redondos
totumos, son suficientes para que surja esa innata condición para la fiesta.
Oír los instrumentos o mover el esqueleto son una misma secuencia, una misma razón
existencial, una prolongación de la eterna melodía del universo.
María de los Ángeles entretuvo sus primeros días con el
ritmo del manduco que se estrellaba sobre la ropa en el fondo de la batea y que
inexorablemente elevaba también a su madre con el recuerdo de las noches de
fandango. Toc toc- tun tun- toc toc- tun tun cantaba el manduco, y si no era
éste, entonces la música la producía el roce de la ropa con el jabón y el agua
que se acompasaban durante la friega para sacar el sucio. En ambos casos,
Evangelina movía las caderas como si se tratara de una maldición, la de danzar
en el duro trabajo que ejecutaba para poder vivir y en la rueda del fandango o
en sus faenas de sexo para darle un algo a su miserable existencia.
23
La niña fue creciendo, viendo mover las caderas de su madre
o de las demás mujeres y las cinturas de los hombres que bajo un cielo lleno de
estrellas y en medio del ardor de los paquetes de velas encendidas, de los
candentes tragos de ron o del calor que producían las llamas de los rústicos
fogones en que se cocían viandas ligeras para mitigar el hambre de los que participaban
en las fiestas, giraban alrededor de un grupo de músicos que extraían de sus
gargantas, en imitación a los pájaros o en la sinfonía de la naturaleza, las
melodías que a los bailadores se les metían por los tuétanos como sabia vital
para incitarlos a la cadencia en una, dos o más ruedas del fandango.
En la inconsciencia total de sus primeros meses cesaba el
llanto al escuchar el resonar de los tambores o la cadencia melancólica de las
gaitas que gemían entre los labios de hombres, que muchas veces, salían de los
cultivos o bajaban de la troja donde serraban los corpulentos árboles
descuajando montañas, despejando la densidad de la selva para darle paso a una
nueva mentalidad de progreso y modernismo. Un algo que en la profundidad de su
cerebro le decía que esos sonidos serían el principio y el fin de su paso por
la tierra y que había sido elegida por los dioses tutelares de su raza para
rendirle honores al laborioso Finzenú, al sabio Panzenú y a la rica Zenúfana,
que en la inconmensurable distancia de los tiempos y en los arcanos misterios
de la creación, sentaron sus reales en la tierra de sus padres y dejaron como
herencia principios y fundamentos para las relaciones entre hombres,
lamentablemente perdidos en el transcurso de la larga historia no escrita de
sus remotos antepasados.
24
Sólo el burrucoco o pájaro puerquero, encaramado en una alta
rama de la inmensa ceiba que se encontraba en una triquina de la plaza de
Arache y que le daba el lomo a la claridad que provenía de la rueda del
fandango, fue testigo de cómo María de los Ángeles sacó de entre las sabanas
que la envolvían uno de sus brasitos para moverlos al ritmo del porro que
sonaba con alegría en medio de la plaza. De cara al cielo no podía ver la danza,
pero si escuchaba el sonido de las gaitas y de las tamboras que, como las
cobijas, la arropaban de pies a cabeza formando un todo. María de los Ángeles
iniciaba así su simbiosis con la música primero y con la danza pocos años
después, porque afirmaban quienes la conocieron, quo apenas pudo sostenerse en
pie movía las caderas al son de la música.
25-26
CAPÍTULO V
Evangelina Tapia y María de los Ángeles Tapia, recorrieron
durante años las plazas de los caseríos y pueblos del Medio y Bajo Sinú, para
girar incansables en las vertiginosas ruedas de los fandangos. Ciénaga de Oro,
San Carlos, Purísima, San Pelayo, La Doctrina, Manguelito, Rabolargo, Cereté,
Severá, Caño Viejo, fueron algunas de las poblaciones en las que María de los Ángeles
fue aprendiendo a ponerse en pie, a gatear, a caminar, a balbucear y hablar.
Una estera sobre el duro suelo o una hamaca de cepa de plátano, su cuna. El tam
tam de los tambores o el sonido de la flauta de millo o de la gaita cabeza de
cera, las nanas que la entretuvieron, mientras Evangelina giraba y giraba con
el grueso y pesado paquete de velas en la mano, en una parodia en la que el
parejo parecía perseguirla y ella o se escondía entre los pliegues de la ancha
y larga pollera o simulaba alejarlo colocando entre ambos el paquete de velas.
Cuando aprendió a sentarse, seguía los avatares de la danza
con los ojos fijos en los movimientos de los bailarines y al poderse sostener
en pie, movía sin concierto las nalgas en busca de los compases para el juego
con la música. Evangelina la sorprendió varias veces siguiendo el golpe del
manduco sobre la batea, cuando ella, para
27
no perderla de vista, la mantenía a su lado en el lavadero.
Pensó que quizás ella hizo lo mismo en su niñez y se sentía
plena de felicidad de que su María de los Ángeles, también llevara muy adentro
el amor por la música y la danza.
En la medida que la niña crecía y entendía los aconteceres
de su entorno, Evangelina aminoraba sus encuentros de amor en la humilde alcoba
que le servía de vivienda. No pocas veces la niña seguía en detalles sus
movimientos desentrañando acaso si eso también sería parte del rito de la
danza, aun cuando la música de este acto no fuera ejecutada más que por el
ambiente o la mente y los corazones de los participantes. Interrumpía el cuerpo
a cuerpo, bajo la protesta del amante de turno, para bajarse de la cama a darle
vuelta a la niña para que mirara hacia otro lado.
María de los Ángeles, sin embargo, fue muy curiosa. Buscaba
la manera de volver a mirar a los contendientes y grababa en su mente todos los
movimientos, igual que hacía en la rueda del fandango. Cuando pudo entender que
se trataba de un acto distinto, no obstante que los cuerpos ejecutaban curiosos
malabares y rodaban uno encima del otro, de aquí para allá, sobre la rústica
cama, concluyó que no debía mirarlos. Y desde aquel momento disimuló estar
dormida y al sentir los pasos de Evangelina, cautelosos, para comprobar si
estaba dormida, se quedaba quieta fingiendo el sueño y apenas deducía que la
pareja estaba entretenida, abría los ojos para detallar
28
todos los movimientos, todas las voces, los quejidos y
seguía con mucho interés el momento del clímax. Siendo ya una mujer evocó
aquellos tiempos de su niñez y sonrió en la soledad de su cuarto, porque
comprobó que aun cuando parecían sufrir, los danzantes de la cama gozaban del
momento y en vez de reírse a carcajadas por la felicidad alcanzada, sudaban,
gemían, lloraban incluso. Sólo que debió practicarlo para entenderlo. Se
preguntaba por qué si después de una larga noche de danzas en el fandango o de
un atareado día de labores no caían rendidas de inmediato al llegar a la cama,
unos breves momentos en el acto del amor le producían un extraño sopor. Por lo
menos Evangelina y ella, tendían a dormirse de inmediato.
En la época en que la niña fue perdiendo la línea recta de
su cuerpo y comenzaron a redondeársele los pechos y aparecerle curvas en la
cintura y las nalgas, Evangelina Inició el proceso de enseñanza sobre el sexo,
para que María de los Ángeles no fuera a sufrir fracasos por desconocer parte
de la rutina de la vida. Con claridad, evitando los vocablos fuertes, pese a
ser iletrada y su vocabulario muy reducido, le explicó el misterio del vello púbico
y el no menos engorroso problema de la menstruación y lo que debía hacer en
cada caso. Le refirió varias veces sus preocupaciones cuando le aparecieron
vellos en el pubis y le informó que era pasar de niña a mujer. Tendría
variaciones en el cuerpo y le mostraba los sitios. "No es de hoy para mañana,
pero tendrás que entenderlo", le repetía frecuentemente. Los diálogos
demasiado francos entre las bailarinas o de éstas con sus parejos, le
proporcionaron información adicional.
29
En las temporadas en las que no había fiestas porque los
campesinos se dedicaban a cultivar la tierra y su madre no partía con ella para
cualquiera de los pueblos del Sinú, María de los Ángeles aprendía los
quehaceres de la casa y su comportamiento ante los demás. No era una niña
cerrera pero tampoco excesivamente dócil, porque Evangelina consideraba que los
extremos son perjudiciales, sobre todo, y Evangelina fue fundamental en esta
parte del proceso de enseñanza, aprendió a sostener diálogos con los hombres y
a evadir toda propuesta o acción que se refiriera a su sexo o pretendiera
tocarle el cuerpo.
"Mira a los ojos del hombre y sabrás lo que
pretende", le aconsejaba su madre con franqueza. Y desde los diez años,
María de los Ángeles, que al igual que Evangelina tampoco pudo asistir a una
escuela por pobreza o porque para la época no se consideraba indispensable que
la mujer se ilustrara, o por las condiciones de nomadismo que las
caracterizaba, pese a estar radicadas en Ciénaga de Oro, miraba directamente a
los ojos de los demás y fue aprendiendo que, en verdad, allí estaba el espejo
del alma y que comprendiéndolos se obtiene toda la información que la boca no
quiere o no puede pronunciar.
En un fandango en la orilla del río en Ladea, durante la
fiesta de la Santa Cruz de Mayo, Evangelina se hizo la desentendida, pero se
mantuvo atenta a todos los pormenores del comportamiento de su hija, asediada
por uno de los hijos del principal personaje del poblado y se llenó de orgullo
al comprobar cómo la muchacha, sin recurrir a ningún desplante, fue eludiendo
el asedio.
30
El fiero atacante terminó siendo un pacífico gatito entre
sus manos, pasando de manifiestas pretensiones a compartir con ella el análisis
de los acontecimientos de la noche, hasta que llegó el momento de la retirada.
Esto fue una voz de alerta para Evangelina. Su hija era muy
espigada para sus pocos años y lo que acababa de ocurrir le vino a demostrar
que la muchacha era también más diestra de lo que pensaba y. probablemente, sin
que ella se hubiera dado cuenta, ya habría ganado batallas similares en otras
arenas. La muchacha era asediada y como demostraba que dominaba la danza, no
obstante que no le había permitido que entrara a la rueda del fandango,
marginalmente y en el puesto en donde la dejaba a la espera de que terminara la
fiesta, los mocetones de los pueblos y no pocos hombres maduros la invitaban a
hallar. Ella, sin abandonar el territorio que le fijaba su madre como zona de
movilización, daba sus primeros pasos en la danza. Nunca pudo traer a la
memoria cual fue el primer muchacho ni la primera plaza en que hizo papel de
pareja, pero fue a los ocho años. Así, siguió a la espera del momento en que
Evangelina abriera el camino hacia la rueda del fandango, pero con un hombre
elegido por ella, no sólo por su presencia y sus modales, sino por sus
capacidades como bailarín. No podía, y así lo pensaba, en el inicio de su vida
como bailadora de fandango, hacer una salida en falso. Por ello, desde los doce
años fue seleccionando parejo sin que importara la capacidad económica, ni la
edad ni el color; había visto hombres de color negro en las ruedas de los fandangos,
provenientes de Cartagena, Tolú y los palenques de San Basilio y San Onofre,
que tomaban rápidamente
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el ritmo de la música que se interpretaba en los fandangos y
a los cuales consideraba buenos bailadores. Hombres que llegaban a aserrar
maderas o a manejar el ganado en las haciendas que se estaban formando, en las
minas, como bogas en el río y las ciénagas o en cualquier actividad, debido a
su gran voluntad, fortaleza y resistencia para las labores que se les
encomendaba. Decidió que, si para el momento en que entrara a una rueda de
fandango, había necesidad de escoger a un negro, ella lo haría. Se le vino a la
mente que también tenía en cuenta otros pormenores en la anatomía de los
hombres y por eso en ocasiones aparecía como indiscreta, y a los negros los
miraba en determinado lugar y sacaba sus propias conclusiones.
Mentalmente, al no poderlo hacer por escrito, fue atesorando
datos. En el propio Ciénaga de Oro escogió a Manuel Durango, Antonio Burgos,
Ramiro Tirado, Carlos Alberto Sariego y Gabriel de León; en Chimá a Lorenzo
Gómez; en Momil a José Suarez; en Cotorra a Pedro Hoyos; en Lorica a Manuel
Esteban Zarante; en la Doctrina a Críspulo Pacheco, y así, sucesivamente, por
lo menos un hombre de cada pueblo que conocía estaba en su lista. Seleccionados
por ella por la alegría en el baile, la resistencia en la rueda del fandango,
la galantería en el trato y el temple para resistir la ingestión de licores,
pero, sobre todo, por el valor para enfrentar las situaciones, incluso las más
peligrosas. Los hombres del Sinú no eludían los retos. La hombría de bien, el
valor, la nobleza, la franqueza, eran sus virtudes, las que practicaban
celosamente, y de las que se enorgullecían.
32
Cuando Se consideraba necesaria la confrontación en una dura
pelea a las manos, o con las armas si no se encontraba otra alternativa, se
atacaban de frente y el perdedor tendía la mano al vencedor en señal de que
nada había ocurrido y que todo lo demás era historia, porque el mundo y la vida
seguían adelante y era motivo de tristeza encontrarse en la soledad de las
montañas con alguien al que no se le dirigía la palabra o se le guardaba rencor.
Por eso, quizás, el hombre sinuano fue por centurias respetuoso de los demás.
33-34
CAPÍTUO VI
A los, doce años el común de las mujeres se encuentra en la
etapa de la niñez y sus juegos son de carácter elemental. Para la época a que
nos referimos, una niña de doce años, si acaso, osaba esconderse en los
rastrojos con los muchachos de su misma edad o menores para realizar juegos de
exploración. La casita, una parodia de la vida familiar, era el juego predilecto
para desviar la atención de los mayores, pero al mismo tiempo para imitarlos, Y
las escenas sexuales no quedaban excluidas, Como una manera de ver en el futuro
el papel que les correspondería en la sociedad y en la familia a cada uno de los
participantes en la parodia.
María de los Ángeles, sin embargo, no pudo participar en
juegos de esa clase. Sabía más de sexo que las jóvenes quinceañeras del poblado
e incluso, más que algunas casadas, sin haber tenido aún contacto físico con un
hombre. Evangelina se mantenía alerta para evitarle a su hija experiencias de
tal naturaleza, al considerar que llegaría el momento para ello. El día que
María de los Ángeles cumplió los doce años, su cuerpo se encontraba listo para recibir
los ajustes necesarios en los sitios destinado a crecer o adelgazar. Evangelina
consideró llegado
35
el momento para soltarle la cabuya a la muchacha, por lo
menos para que se preparara para vincularse al fandango. Convencida estaba de
que su hija, sin haber participado en una fiesta de esta clase, dominaba la
danza en mejor forma que ella y las bailadoras de todo el Sinú y la Sabana, que
la acompañaban en las fiestas.
La veía suelta, coqueta, de pies ágiles y acompasados al
sonido de la música. La forma como movía las caderas con un ritmo endiablado llamaba
la atención. Un año antes, en las fiestas de El Culto, un grupo de músicos
sabaneros, loriqueros y extranjeros, hicieron el ensayo de una nueva forma de
ejecutar la música en la que instrumentos metálicos, relucientes, que
destellaban al sol y en las noches reflejaban en su pulida superficie las
llamas de las velas, llamados de viento y traídos por mar desde la lejana
Europa, que multiplicaban muchas veces el sonido de las gaitas cabeza de cera,
las flautas de millo y los pitos de carrizo, amenazaban con desplazar a los
instrumentos criollos.
En el cuerpo de María de los Ángeles pareció introducirse
una corriente eléctrica, que la hizo vibrar sin que le quedara quieta una sola
fibra o músculo del cuerpo. Como si la estuviera esperando, la nueva forma de
ejecutar la música fue para ella el cumplimiento de un secreto deseo, una etapa
más en el camino de su propia inmortalidad. Era un mundo nuevo con unos sonidos
más vibrantes, más estridentes, con mayor versatilidad para la ejecución de los
ritmos y las melodías.
Evangelina lo consideró como el primer contacto directo,
como una compenetración, como una alianza entre la
36
música de los nuevos tiempos y su hija, la mujer que estaba
destinada a bailar hasta la muerte. Tenía el presentimiento de que su hija
estaba predestinada a vivir y a morir en la rueda del fandango. SI algo le
faltaba a María de los Ángeles por aprender, ella se lo iría enseñando en su
propia casa. Primero la hizo asumir el papel del hombre en la danza, para que
comprendiera la razón de sus movimientos. "No todos los parejos bailan lo
mismo", le indicaba. "Cada uno de ellos lleva un propósito
diferente", le explicaba pacientemente.
"Está el parejo obligado, el que te invita a bailar para
que los amigos no lo critiquen. Se esmera por bailar y cumple todas las normas;
te sonríe, te lanza piropos y si es necesario, te enamora. Pero es un hombre
vacío. Todo lo finge y nada siente. Procura librarte cuanto antes de él aléjalo
a tal distancia que no tenga por qué importunarte. Favorablemente el parejo
obligado tiende a bailar con la mayor cantidad de mujeres". Evangelina
acompañaba su monólogo con imitaciones de este tipo de parejo.
"La contraparte, siguió diciendo, es el parejo
interesado, No tanto en la mujer como en la opinión de los que miran desde los
alrededores el desarrollo de la danza. También es un hombre vano, pero hace el
esfuerzo por bailar bien; es serio y no olvida ninguno de los requisitos de la
danza, cualquiera sea el ritmo que se baila, para que se le considere un buen
bailarín", remató este otro ejemplo.
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Evangelina y María de los Ángeles se alternaban, día tras
día, para hacer el papel del hombre, como un sistema adecuado para que la
muchacha asimilara las enseñanzas que estaba recibiendo. Para Evangelina, por
experiencia directa, como que había aprendido por sí misma, cincelándose
pacientemente para no sufrir con tanto rigor los dolores de los golpes que la
vida le daba, la mujer debía conocer perfectamente al hombre, pero para ello
requería colocarse en su lugar, ser la piel, el corazón y el cerebro del
hombre. Igual cosa, pensaba Evangelina, acontecía con el hombre que quería
entender a la mujer, comprenderla, por lo que no debía mirarla y juzgarla desde
la altura de la elevada montaña, sino a su lado, compenetrándose con ella,
sintiendo como ella, pensando como ella. Todas esas cosas las intuía, pero
encontraba dificultades para explicarlo, debido quizás a su condición de mujer
iletrada. Después de volver a la realidad del momento continuó la clase.
"Otro tipo de parejo que vas a encontrar con
frecuencia, es el enamorado. Es insoportable, es un incordio. Pero cumple todos
los requisitos del baile, es galante en exceso y pretende con ello demostrar a
los observadores que lleva avanzada una parte importante del camino en el
corazón de la mujer con la que baila. Si la mujer se enamora de él, forman una
pareja incomparable. Con decirte que, al dar la vuelta, por ejemplo, no se
apoyan en los hombros, sino que la mujer coloca sus senos sobre el pecho del
hombre, y así pecho con pecho, los pezones de la mujer parecen irritar la piel
del bailarín. Pero no todos los hombres merecen que la mujer le demuestre así
su aceptación. No es conveniente hacerlo", le recomendó.
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Después de varias semanas, la muchacha se desenvolvía
inteligente y airosamente de todos los acosos que su madre, haciendo el papel
le hombre, le había enseñado. Ambas estaban seguras de ello y sólo esperaban el
momento para comprobarlo. Interiormente, Evangelina tenía una completa
seguridad de que sus instrucciones sólo habían contribuido a despertar
conocimientos innatos en su hija. Por ello pasó a una segunda fase de su
programa:
"Hay otro tipo de bailador. No es forzado por las
circunstancias, no es interesado ni es enamorado. El buen bailador no se
precipita a tomar pareja, porque primero analiza a cada una de las mujeres que
giran en la sala de baile o en la rueda del fandango; identifica sus
deficiencias, ya que todo el que participa en una danza las tiene. Por ejemplo,
algunas mujeres mueven sólo una pierna o un pie o un brazo. Otras se desplazan
hacia un solo lado. Estas mueven las caderas en un sentido, mientras que
aquellas las mecen en una forma tal que parece que giran sobre sí mismas en un
eje invisible. Las de acá bailan la cumbia empinando un pie y esas se desplazan
como si tuvieran los pies pegados en el suelo, y son las que mejor lo hacen.
Unas bailan la cumbia moviendo los hombros como en el bullerengue o en el
mapalé y las buenas cumbiamberas sólo mueven de las caderas para abajo, lo cual
les permite sostener un vaso lleno de agua o de ron sobre la cabeza sin
derramar una gota mientras se desplazan en la rueda. Hay bailadoras que doblan
el brazo y mantienen cerca de la cabeza el
39
paquete de las velas encendidas, mientras otras alejan el
brazo como si temieran quemarse y con esta actitud apartan al parejo".
"La buena bailadora, le indicaba, es la que domina el
paquete develas, no importa de cuántos paqueticos esté formado y coloca el
brazo en distintas posiciones y juega con el parejo como si quisiera algunas
veces meterle en la cara las llamas de las velas o derramarle sobre la cabeza o
el hombro el chorro de vela caliente. En otras, baja y dirige el paquete hacia
los testículos como si quisiera quemárselos. Es una muy buena manera de danzar
en las ruedas del fandango, le aseguraba, porque entre el hombre y la mujer hay
una total compenetración. Sin hablarse, cada cual espera la reacción del otro y
el baile los eleva y los aparta de todo y de todos, sin caprichos, sin
intereses, sin pasiones. Sólo con el deseo y el placer de danzar. El porro,
remataba Evangelina, es el ritmo que mejor se presta para este juego entre el
hombre y la mujer, porque el porro es el fandango y el fandango es el porro.
Sólo la cumbia se atreve a mezclarse en la rueda con alguna propiedad".
Analfabeta, Evangelina no tuvo la oportunidad de leer sobre
seres mitológicos llamados musas. De lo contrario habría podido afirmar que
varias de ellas tenían injerencia en la rueda del fandango, en donde se mezclan
las artes en su forma prístina, ingenua, sin otro adorno que la expresión
corporal espontánea de los bailadores. Euterpe con la música, que en un
principio se improvisaba en el escenario mismo; Terspsícore, en la danza tan
improvisada como en la música, sin camisas de fuerza,
40
manifestación del espíritu del hombre y de la mujer que con
el paso del tiempo y quizás más por adorno que por necesidad, fueron marcando
unos compases, acompañando a Calíope, la musa de la elocuencia, a través de los
gestos y las contorsiones de los cuerpos y Clio, porque necesariamente el porro
y el fandango son bases de la historia regional.
Luego de enseñarle con la práctica de qué manera eludir a
los borrachos y las manos de los imprudentes, Evangelina finalizaba sus clases
diciéndole que el buen bailador, después de estudiar a cada pareja, incluso a
las que no bailaban, pero seguían con la mirada, los pies y los cuerpos el
ritmo de la música, elegía a la que se acomodara a su forma de danzar, y si la
pareja no era de su preferencia, la enfrentaba porque conocía sus deficiencias.
"Sólo asumiendo el papel del hombre, enfatizaba Eva. se le puede conocer.
Porque la mujer también elige. Es un acuerdo", le comunicaba.
Para los últimos días de diciembre, poco después de
terminado el aprendizaje, o mejor, el complemento de todos los secretos de una
rueda de fandango, María de los Ángeles Tapia dominaba las distintas formas de
la danza tanto de hombres como de mujeres. Sabía qué le decía el hombre a la
mujer con sus ademanes y de qué manera la mujer lo ignoraba o le respondía,
dentro de un lenguaje esotérico, propio de los iniciados en el folclor sinuano
y sabanero.
41-42
CAPÍTULO VII
La ya popular y famosa fiesta de los Reyes Magos en Ciénaga
de Oro, sirvió de marco para que María de los Ángeles Tapia se enrolara por
fin, y ya definitivamente, con todos los honores, en la rueda del fandango, de
la que sólo saldría unos pocos días antes de morir. Evangelina lo preparó todo
con el mayor sigilo.
La vistió con un hermoso atuendo propio de la moda de la
época, compuesto de una primera pieza totalmente blanca, que iba de arriba
hasta los tobillos, llamada camisola. Ancha, con amplio escote que dejaba ver
el nacimiento de los senos, los hombros semicubiertos, la espalda casi desnuda,
terminada en unas mangas cortas llamadas pechichonas.
El escote fruncido para darle forma al busto. Tanto el borde del escote como el
de las mangas y el ruedo abajo, adornados con encajes, tiras bordadas y
matacintas. Debajo de esta primera pieza del atavío, el cuerpo totalmente
desnudo, por cuanto para la época aún no se conocían los morunos, llamados
mucho después pantalones o pantaletas, ni los sostenes o ajustadores.
43
Luego le colocó un pollerín,
que partía de la cintura hasta llegar a los tobillos, abierto en la parte de
atrás y con una pretina terminada en largas puntas que se cruzaban en la
espalda y volvían al frente, una encima de la otra, para atar en un lazo.
Después le puso otro pollerín con volantes para permitir
abrir la última prenda -la falda- a manera de campana. Los dos pollerines,
enjuagados en una espesa agua de almidón de yuca y planchados, estaban tiesos,
pero no molestaban el cuerpo de la joven, gradas a la camisola.
Encima de las primeras prendas le colocó un corsé que
ajustaba tanto al talle, que hacían asomar, como asustadas palomas, los senos y
pronunciaban aún más las redondas y paradas nalgas. Era un elemento que no
necesitaba porque el cuerpo de María de los Ángeles, bien formado, poseía
curvas naturales que acentuaban sus atributos, tanto, que traían a más de uno
suspirando y soñando.
Cubría los pollerines una amplia falda con variadas y
minúsculas figuras multicolores, donde resaltaba el rojo y un corpiño bien
entallado a la cintura, con mangas hasta el codo, con volantes, adornos y un
insinuante escote que encajaba con el de la camisola. Las prendas todas hacían
gala de una finura, delicadeza y buen gusto tanto de quien las ideó como de
quien las confeccionó, así como de quien las vestía, que en adelante y hasta
sus últimos días, le dio atención especial a su atuendo.
44
Debajo de la falda, los pollerines y la camisola, asomaban
tímidamente las babuchas negras que arropaban los pies, pequeños y delgados.
En la cabellera larga y lisa, Eva le elaboró dos gruesas y
hermosas trenzas, atadas en las puntas con lazos hechos con la misma cinta de
los bordes de la camisola. Las trenzas le caían sobre las nalgas. Una peineta
de cacho, grande, recogía el cabello en la parte de atrás de la cabeza. Un moño
de flores de hicaco, conocido también como gajo de coral, de color rojo, hacía
juego con la rubicundez de sus labios y cachetes, lograda con una tenue base de
achiote.
Cuando el fandango se encontraba en su mejor momento, la
plaza principal de Ciénaga de Oro enmudeció de pronto. Algo flotaba en el
ambiente. Una extraña brisa casi apaga las llamas de los paquetes de velas en
las manos de las bailadoras. Los músicos dijeron posteriormente que una fuerza
superior los obligó a terminar la pieza musical que ejecutaban. "El pito
se me salió de la boca" informó el viejo que ejecutaba la gaita hembra.
"El bombo le sacó por sí solo el cuerpo a la porra", señaló el otro.
Esa misma fuerza misteriosa hizo volver la cabeza a los músicos, bailadores,
borrachos, fritangueras y tahúres, porque subiendo por la calle del palacete de
los Burgos, apareció como producto de un acto mágico, como de un encantamiento,
como si se desprendiera de la tierra en medio de la montaña la llama juguetona
mostrando el sitio del entierro, como si el diablo hubiera sido convocado allí
para llegar a la rueda del fandango y seguir los pasos de una muchachita con
ínfulas de mujer.
45
Muchos tuvieron miedo. Aseguraban viejas fandangueras, que
el rey de las tinieblas se presentaba sorpresivamente, antecedido de un viento
helado que amenazaba con dejar a oscuras la plaza y precedido de un enjambre de
moscas que revoloteaban y neciamente se metían por los ojos, la nariz, las
orejas, y que a la bailadora que escogía se la llevaba a una orgía de demonios,
brujas y duendes para ponerla a danzar lascivamente al frente de su trono
rodeado de inmensas llamaradas y en medio de nubes con olor a azufre. Pero
ahora era distinto. El ambiente era de tranquilidad, de paz. Antes que la
tumultuosa presencia de los demonios, de sus llamas y sus fétidos olores, ahora
parecía descender algo celestial, una forma incorpórea a manera de neblina
clara que mostraba una luna redonda que llenaba de luces plateadas las calles
del poblado.
Por eso, entre el sitio por el que desembocó la joven y la
rueda del fandango, se abrió una senda de curiosos y de parejas danzantes como
indicándole el camino hacia el trono de la fiesta, un trono imaginario para
quien de inmediato se convirtió en la reina del fandango.
Nadie lo programó así, pero todos, como en el elenco de una
obra teatral, supieron qué tenían que hacer. La mayoría de los jóvenes anotados
en la lista mental de María de los Ángeles se encontraba en la fiesta de los
Reyes Magos y ocuparon los lugares próximos al perímetro de las parejas
danzantes. Manuel Esteban Zarante, Manuel Durango, Críspulo Pacheco, Antonio
Burgos, Ramiro Tirado, Pedro de Hoyos,
46
Carlos Alberto Sariego y Lorenzo Gómez, entre otros,
esperaron a la niña que, por la estatura, la elegancia y la lujosa vestimenta,
aparentaba ser una joven mucho mayor.
Ella sabía el papel que le correspondía desempeñar y caminó
con altivez, con elegancia, despacio, sin mirar a los lados, pero captando
hasta el mínimo detalle del panorama a su alrededor en la noche, iluminada por
millones de luceros que parecían titilar con mayor fuerza en un homenaje a la
que iluminaría las noches de fiestas del Sinú.
Las llamas de los paquetes de velas, que las bailadoras no
apagaron tomadas por la sorpresa que les produjo el espectáculo inesperado de
una niña que llegaba a la rueda del fandango con la propiedad de la más
veterana, se agitaban con alegría para recibir a la reina. Los fogones de las
fritangueras aromaban el espacio con sus frituras de empanadas, buñuelos y
carimañolas. El olor penetrante de grandes ollas de barro en las que hervía el café
inundaba el ambiente. Los mechones en las mesas de las vendedoras de panochas
loriqueras, alfajores cereteanos, chicha de El Carito, bollos limpios de Mateo
Gómez, bollos de plátano de Palo de Agua, carisecas de San Carlos, panelitas de
coco de Berástegui y cocadas de Rabolargo, creaban un panorama singular de
iluminación opacada por el humo negro que se desprendía de sus mechas.
Llegó a la rueda del fandango y las parejas se hicieron a
47
un lado. Entendieron que la ceremonia siguiente no se había
realizado antes y quizás no volvería a ocurrir nunca más, porque otra como ésta
no habría de nacer. Miró al director del grupo de piteros y le pidió que
ejecutara el porro "La Mona Carolina", que siempre le había intrigado
por el nombre. No sabía quién era o había sido la mujer a la que dedicaron esa
pieza musical, pero soñaba oyendo la ejecución. por todas las bandas del universo,
de un porro que llevara su nombre.
Una vieja bailadora venida de Punta de Yánez se desprendió
del cerco y como aún tenía un manojo de seis paquetes de velas nuevas, a manera
de ritual, convocó a las demás bailadoras y entre todas fueron prendiendo con
las llamas de sus velas las del paquete y juntas se lo ofrecieron a la niña,
que agradeció el detalle con una franca sonrisa. Al sonar el primer compás del
porro, movió el pie derecho para dar una doble vuelta en el mismo sitio
terminando casi de rodillas; se irguió como impulsada por un resorte para
colocar el paquete de velas encendidas frente a la cara del joven Ramiro
Tirado.
Era casi un niño, pero fornido, de cejas pobladas y gruesas,
ojos aindiados, nariz gruesa y boca mediana, largas y pobladas patillas, pecho
y brazos con una gruesa pelambre negra. El jovencito respondió con una sonrisa
y una mirada agradecida por lo que sabía era una escogencia que lo honraba y
que lo marcaba en la historia, por cuanto un presentimiento le indicaba que esa
sería la reina de la danza.
48
Se quitó el fino sombrero vueltiao y con él en la mano, le
hizo a la muchacha una reverencia, lanzó un sonoro guapirreo de felicidad, dio
un salto y se colocó en la rueda frente a ella. Echó mano de todos sus
recursos. Recibió por la entreabierta camisa y sobre la tupida maraña de vellos
del pecho, el primer chorro de vela derretida cuando apartó la cara para que la
niña no le quemara las cejas ni las patillas, hizo un esguince a la derecha con
el torso y quedó frente a ella agitando el sombrero como si quisiera avivar el
fuego. Ella siguió danzando y se volvió rápidamente para encontrar allí, donde
ella lo quería, pegado a su espalda, al hombre que había elegido para su primer
baile. Él le puso la barbilla en el hombro, haciendo los dos un cuerpo y
desplazándose a un mismo paso, los pies de ella pegados a los de él, mientras
el hombre, con la mano izquierda le apretaba la cintura y con la derecha la
ayudaba a sostener el pesado paquete de velas. Se separaron y dieron vueltas
solos mientras iban danzando en la rueda que formaban los asistentes a aquel
ritual.
Ella con la mano izquierda empuñada colocada sobre la
cintura, con la derecha en alto sosteniendo el paquete de velas amarradas con
un pañuelo para detener allí los chorros de esperma derretida, mientras él
giraba a su alrededor haciendo piruetas, le dieron una vuelta completa al
círculo. Al acercarse al parejo dio repentinamente una vuelta y elevó preces al
Creador para que estuviera allí y el hombre la recibió ahora con el hombro
derecho, resistiendo la acometida del cuerpo de la mujer, que aun cuando no era
voluminoso la fuerza del giro parecía estrellarse contra el suyo, y ella
recostó el hombro
49
con los ojos cerrados, y se dejó conducir voluptuosamente en
redondo, pegaditos, el paso más difícil en el fandango, porque sin agarrarse
por ninguna parte el apoyo hombro con hombro resiste la fuerza del giro en
redondo una, dos y tres veces, desplazándose al mismo tiempo, como en un salón
de vals, por entre el círculo de bailadores sin tropezar a los demás. Lo hizo
adrede y bendijo al parejo porque la había acompañado con la pericia de un
profesional. Era un paso que las bailadoras veteranas se atrevían a ejecutar
sólo con parejos a los que estaban acopladas. El murmullo por la proeza de
ambos se impuso al tono de los instrumentos.
Ramiro Tirado no se había dejado sorprender. Intuyó que la
muchacha se le vendría de esa manera y con el pie derecho firmemente apoyado
atrás y como si lo hubieran practicado muchas veces, la recibió en el hombro,
giró la pierna izquierda en redondo y se desplazó un poco llevando encima todo
el cuerpo de la mujer y dieron la primera y segunda vueltas con un
desplazamiento mínimo hacia adelante en el cerco de los bailadores y los
espectadores.
Siguieron para la tercera vuelta con el mismo vigor y al
término de esta, el hombre se quitó el sombrero, lo puso en alto y lanzó un
estentóreo grito de júbilo, porque todo había salido bien, como si fueran una
versada pareja de fandangueros. La muchacha no cabía en sí de gozo por haber
cumplido exitosamente su debut y por esa razón ni ella ni él escucharon la
estruendosa ovación que les brindaron los testigos.
50
Los tambores, los guaches y los pitos parecieron cobrar vida
propia y agitaron aún más el ambiente. Los danzantes se detuvieron en el último
acorde musical. Quedaron frente a frente, se miraron y ambos se agradecieron en
silencio. Ramiro Tirado estaba feliz porque había tenido el placer, la
maravillosa ocasión, de ser el primer parejo de la diosa del fandango.
La muchacha continuó
bailando con los otros parejos por ella seleccionados. Uno por uno los fue
señalando con el paquete de velas. Los muchachos tenían, cada uno, su propia
caja de espermas al frente, esperando el momento de ser convocados al trono de
la danza. Fue una víspera de reyes inolvidable. Si los Reyes Magos hubieran
podido darse un paseo por las montañas del Sinú en aquellos tiempos, se habrían
sorprendido con las fiestas en su honor en donde una humilde jovencita, también
salida de insignificante cuna, hija de un padre etéreo, desconocido, se
encargaría de escribir una bella historia de danzas, música, amor y amistad.
¡Esa noche nació para la danza María de los Ángeles Tapia!
51-52
CAPITULO VIII
L fama de María de los Ángeles se fue regando por todos los
rincones del Sinú y de la Sabana, donde nació su progenitora. Las viejas
bailadoras que la vieron danzar en su primera noche reconocieron que era algo
extraordinario, que no tenía comparación. Discutían entre ellas para definir si
habría quien bailara con la misma intensidad, con la misma gracia, con idéntica
técnica. Pero ninguna mujer había llegado antes a tal grado de reconocimiento
ni tampoco alcanzarían la fama de la hija de la sabanera Evangelina Tapia.
Desde todos los puntos de la geografía sinuana se enviaban
los recados para que Evangelina llevara a su hija a las fiestas. Y la niña se
convirtió en. mujer que danzaba dos y tres horas en los fandangos, a manera de
exhibición, para retirarse al sitio de la posada. Evangelina se mostraba ahora
más cuidadosa con su hija. Sabía que era una señorita y que su fama de
bailadora y el movimiento de sus caderas, eran razones suficientes como para
llamar la atención de los hombres. Por eso evitaba dejarla sola, pero sin
impedirle los diálogos con los muchachos. Evangelina, en verdad, estaba
compenetrada
53
de su papel de madre que debía manejar muy bien lo
relacionado con la suerte de su hija, como corolario de la crianza que le había
dado.
La guerra civil se declaró poco después de la aparición de
una plaga de langostas que arrasó todos los cultivos y asoló cruelmente a la
región. La miseria fue general. Eva y su hija no sabían cuál de las dos plagas
era peor: la guerra civil o la langosta. Uno de los patronos, el general
Francisco Burgos Rubio, con más de trescientos hombres de los que trabajaban en
la hacienda y en el ingenio que la familia había levantado muy cerca de Ciénaga
de Oro, se enroló en las huestes del partido conservador. Otros hombres de la
región optaron por pelear al lado del partido liberal.
Las dos mujeres conocieron casos extraños al principiar la
guerra, después de las primeras batallas, como el de hermanos que tomaban
rumbos contrarios para defender cosas que ellas no comprendían. Consideraban
que la vida no era más que trabajar y bailar, y por ello no entendían cuando se
hablaba de ideologías, de partidos, de doctrinas, de programas, de libertad y
democracia. Para la gente sencilla e iletrada de la región, aún hoy, todo eso
es palabrería, porque las cosas siguen iguales. Además, en el vocabulario que
ellas dominaban esos conceptos carecían de importancia.
Las batallas se escenificaban tan cerca, que el eco de los
disparos de los grass, de los chopos y de los cañones viajaban junto con los
gritos de dolor de los heridos y los clamorosos alaridos de muerte, por entre
los corpulentos
54
árboles hacia los cuatro puntos cardinales. Los familiares
esperaban con llanto silencioso y oraciones, que fueran otros y no los suyos,
las víctimas de la lucha fratricida.
Montería, Cereté, Toluviejo y muchos otros sitios, habían
sido escenarios de la lucha entre hermanos. Vieron ellas cómo se perseguían con
saña, con odio. Sin embargo, los contendientes se estrechaban la mano o se daban
un abrazo antes de salir para la arena escogida en la que matarse unos a otros.
Para ellas era inexplicable que amigos, compadres, hermanos, se despidieran tan
cordialmente para después enfrentarse a muerte, a sabiendas de que uno de ellos
o los dos, quedarían muertos en el campo de batalla. Eso no cabía en la mente
de mujeres tan ingenuas.
En la época que se llamó "guerra de los mil días",
María de los Ángeles Tapia era más esbelta, elegante y llamativa. Hubo cambios
en su cuerpo que la mostraban como una mujer a la que ningún hombre resistiría,
y ella tenía pleno conocimiento de sus cualidades femeninas. Como el panal de
miel, su entorno estaba siempre lleno de moscas que la asediaban, que le
proponían, que le aseguraban muchas cosas a cambio de sus favores. Pero ella
estaba instruida en esas artes y sabía cómo evitarlas. Solo uno sería el
escogido y hasta el momento no lo había encontrado.
Ayudando a Evangelina a lavar y planchar ropa donde los
Burgos, se enteró que se realizaba una batalla. Un hombre venido de muy lejos y
al que los liberales adoraban
55
como a un dios, se encontraba en el Sinú para continuar la
guerra. Era un hombre interesante al que los Burgos consideraban un enemigo al
que temer y combatir, al tiempo que lo calificaban como un sabio por la
importancia de sus propuestas sociales y lo admiraban como guerrero, por cuanto
sin ser soldado de profesión había llegado por su valor e inteligencia al grado
de general.
Mientras deslizaba con firmeza la plancha sobre una camisa,
escuchaba los comentarios relacionados con el general, gran guerrero, político
y civilista Rafael Uribe Uribe. Ansiaba conocer a hombre tan singular, pero no
en la guerra ni por la guerra, porque odiaba la violencia, sino en una rueda de
fandango para ponerlo a bailar el porro "El Pájaro del Monte" y
determinar qué tal bailaba. Para la muchacha no saber bailar era un baldón para
el hombre.
Inmersa en sus cavilaciones, tarareó estrofas del porro que
acababa de traer a la memoria:
Pájaro del monte:
Pájaro del río
Cuando va volando
Se le oye el “zumbío”
Cuando las mujeres
Quieren a los hombres
Prenden cuatro velas
Y las ponen en los rincones
56
Pájaro del monte
Pájaro del río
Ábreme la puerta
Que tengo mucho frío
Días después y cuando empezaba a caer la tarde, mirando
hacia el caño Aguas Prietas, divisó a lo lejos a un hombre, más bien un niño,
que avanzaba tambaleándose. Supuso que se trataba de un soldado huyendo hacia
el campo enemigo, porque en esos días era la norma general que todo hombre
extraño en la región fuera uno de los luchadores. Y dedujo que venía hacia el
campo enemigo, por cuanto llegar a Ciénaga de Oro era como llegar al cementerio
de no ser un soldado conservador. Ella no sabía de política, pero trataba de
hacer las distinciones. Se convenció, por las actitudes del hombre, que era
soldado liberal ya que mostraba desde lo lejos que se encontraba extraviado,
que no sabía dónde estaba y decidió ayudarlo. Desde muy niña algo muy adentro
la acicateaba para brindar ayuda a los demás.
Le dio cualquier excusa a Evangelina para salir del palacete
de los Burgos y se dirigió al caño. Los altos pastos le permitieron avanzar sin
ser descubierta hacia el sitio por el que había visto venir al hombre, hasta
que lo encontró. Mientras le daba de beber y cuando se disponía a curarle las
heridas, escuchó los pasos de los soldados que venían en persecución del
herido. Le pidió al infortunado muchacho guardar silencio ante cualquier cosa
que ocurriera, y después de ocultarlo entre un firme de tarullas se quitó la
ropa y olvidándose de que tenía dos días de estar planchando, se metió entre
las
57
aguas del caño, frente al sitio por donde consideró que aparecerían
los perseguidores, como en efecto ocurri6. Para su suerte era el general
Francisco Burgos Rubio, su patrón de esos días, a quien ella admiraba por su
rectitud, seriedad y nobleza.
Cuando metió el cuerpo en el agua pensó que el mundo se abría
a sus pies, pero en verdad fue el choque del cuerpo caliente con las aguas
frías en el momento de agacharse para ocultar su juventud a la mirada del
hombre. No era joven ni viejo, era un hombre simulando pudor, por lo que ella
se agach6 un poco más para tratar de meterse en el agua hasta la cintura.
Leyó en los ojos del guerrero los atropellados pensamientos
que le cruzaban por la mente. Entendió el esfuerzo, la lucha que sostenía el
caballero con el hombre. Estaba segura de que el general no solo sospechaba,
sino que estaba convencido de que ella escondía al soldado que buscaban. Él había
distinguido desde la distancia que era prácticamente un niño como ella y
dudaba, apretando fuertemente los dientes y tragando en seco varias veces para
no pronunciar palabras ante la joven que había visto crecer en el poblado y hasta
en su propia casa. Pero se impuso la compasión del hombre sencillo ante la
fiereza del guerrero. Muchos de los que se enfrentaban en el campo de batalla
de esta guerra absurda, eran sus propios compañeros de infancia o de colegio, o
sus más apreciados amigos, como en este caso, niños que también había visto
crecer en los potreros o en los cañaduzales de Berástegui, llevándole las
sarapas y los calabazos con agua a sus padres o hermanos, durante las intensas
58
jomadas de macaneo o de limpieza o en las zafras. Y en el
mismo silencio con que llegó, dio la vuelta para llevar a sus hombres lejos del
lugar y permitir a la jovencita, cuyo nombre ignoraba, cumplir sus propósitos
humanitarios. Borró para siempre de su mente los pequeños senos que había
visto, las curvas que había intuido entre las aguas y las redondeces sobre las
que se estrellaba la corriente, y la tersura de la piel de niña y de mujer que
como las Ondinas de las leyendas europeas o las Mohanas, de los ríos de su
patria, lo conturbaron al llegar a la orilla del caño.
Ella. sin pronunciar palabra, atendió al muchacho herido que
no ocultaba el dolor que le martirizaba el cuerpo. Lo oculto nuevamente
mientras fue a buscar elementos para curarlo y evitar que siguiera desangrándose;
desinfectó y taponó las heridas, le dio de comer y beber. Al anochecer, mucho
mejor que como había llegado, le indicó el camino para que saliera sin peligro
de la zona.
Años después, en un fandango en la Playa de la Brígida de Montería,
un hombre la miraba con insistencia. El hecho no la molestó porque en los ojos
del extraño no veía más que interrogantes, preguntas respetuosas, pero imprecisas,
como si tratara de establecer si la había visto antes y dónde o si se trataba
de una mujer parecida a alguna otra que viera en otra parte. Ninguno de los dos
recordó aquellos momentos en el caño Aguas Prietas, durante la guerra, el uno
herido y al borde de la muerte y la otra con el cuerpo acalorado y desnuda
dentro de las aguas, lo que le ocasionó la enfermedad que la llevaría a la
tumba, exponiéndose al peligro por salvar a quien no conocía.
59
Los misterios del mundo solo los conoce el creador. No les
fue posible rememorar aquellos viejos momentos.
60
CAPITUI.0 IX
L naturaleza reunió en un mismo lugar parte de sus riquezas,
como si el Gran Constructor pensara reinstalar a nuevos adanes y evas en un
segundo Paraíso Terrenal, en un Edén definitivo, en el que el ser humano
volviera a la infancia del tiempo, a la ingenuidad de los primeros días de la creación,
para una segunda época entre el principio y el fin, libre de tentaciones.
A manera de un Angulo agudo, con el vértice en el llamado
Nudo del Paramillo, el punto culminante en la meseta antioqueña, del cual
arrancan tres serranías. Allí están en forma de abanico la de Abibe y la de San
Jerónimo, se prolongan por el este y el oeste, separando las hoyas hidrográficas
del San Jorge y el San Juan. El Mar Caribe, desde Punta Arenas en el Golfo de Urabá
hasta punta San Bernardo, en el Golfo del Morrosquillo, forman la base del ángulo.
Los grandes dioses de los Zenúes -Panzenú, Finzenú y Zenúfana-
establecieron zonas y fijaron un sitio sagrado, digno solo para los dioses,
visible desde cualquiera de las alturas que lo enmarcan, incluyendo la Sierra Chiquita
61
y el Murrucucú, por un lado, la Sierra Flor y los Montes de María,
por el otro perfectamente delimitado y dotado de tierras ubérrimas, aguas
abundantes, riquezas naturales de todo orden, variedad de climas, salubridad
relativa, entre otros dones. Fue llamado el Valle del Sinú.
En el principio de los tiempos, llegaban los dioses en
carros de fuego al cerro Murrucucú, y allí pedían cuentas a los hombres de sus
hechos y aplicaban justicia. Sentencias inapelables se ejecutaban desde los altos
de Angostura, lugar desde el cual eran precipitados al rio los cuerpos de los
infractores, para que recorrieran todo el valle y llegaran al mar, como una muda,
pero severa advertencia de que nada ni nadie podía contrariar los designios de
los dioses.
Pero los dioses se perdieron en el camino o se olvidaron de
los zenúes, quien sabe por qué pecados cometidos colectivamente y no regresaron
a la sierra. Poco antes de que los hombres parecidos a los dioses llegaran al
territorio de los zenúes, los dioses se llevaron en sus carros de fuego a los
mejores guerreros, a los sabios, a los gobernantes justos, cargaron con las
escrituras históricas y con los tesoros que testimoniaban la grandeza de los zenúes
y se perdieron en el tiempo y la distancia. Desde entonces los zenúes quedaron
en la Sierra mirando impotentes y desesperados hacia el planeta Venus, detrás
del cual, decían los dioses, tenían su morada. Los zenúes los recuerdan, porque
fueron esos dioses los que los crearon, los instruyeron y los protegieron por
milenios.
62
Con el correr del tiempo, el lugar escogido por los dioses
fue convertido en coto de caza de los primitivos hombres del valle y después,
por el hombre blanco cuando se produjo el encuentro de dos mundos. Unos y otros
lo llamaron Montería.
Durante siglos se respetó la voluntad de los dioses zenúes y
solo tribus escogidas por ellos podían morar en el territorio demarcado. Pero
estas tribus eran más guardianes que residentes o nativos. Iban y venían porque
Montería estaba definido como territorio para el solaz de las divinidades y de
los elegidos para dirigir los tres grandes pueblos de la orgullosa raza cósmica.
Esa ruta que tanto había contribuido a la formación del hombre, pero que, de un
momento a otro, cuando comenzaba a demostrar el grado de civilización alcanzado
en el universo, desapareció repentinamente, como para no observar la destrucción
de su pueblo o no contrariar los designios de fuerzas superiores. La portentosa
raza dejó el campo a un ser con rasgos similares, pero de bajas y perversas
inclinaciones.
Poco después, todo lo que podía permitir desentrañar el
misterio de los primeros zenúes fue destruido, llevando por delante un símbolo
que en las manos de unos era destrucción y muerte y en las manos de otros, paradójicamente,
paz, vida y esperanza. El símbolo de la cruz: La cruz de la espada y la cruz
redentora. Pero un símbolo que no tuvo compasión ni en unas ni en otras manos.
Las creencias, las leyendas, la cultura de los zenúes, como la de otros pueblos
del Nuevo Mundo, fueron destruidas a sangre y fuego, al golpe de la espada
63
y de la cruz. Los zenúes, prefirieron suicidarse o
sacrificarse voluntaria y mutuamente. El padre mataba a los hijos y a sus
mujeres, los hermanos se mataban entre sí o con sus compañeros, antes que ser
esclavos y reducidos a la más abyecta condición.
Quinientos años más tarde se reconoció que los zenúes habían
sido extraordinarios arquitectos e ingenieros hidráulicos, que sus trabajos de
construcción de canales artificiales, vías acuáticas, distritos de riego,
conducción de agua a zonas altas o áridas, sistemas de producción agrícola e
ictiológica, control de aguas de ríos, caños y ciénagas, no tienen comparación
y deberían ser tomados como prototipo para obras futuras. La racionalización de
la producción, el mercadeo equilibrado, las relaciones políticas y sociales,
que le daban preferencia a la paz sin abandonar la capacidad de defensa, revela
también el ingenio de los zenúes. El misterioso cumplimiento de normas escritas
quien sabe dónde, obligaban a los de las clases altas y poderosas a humillarse
ante los débiles a la hora de la muerte, cuando abandonaban su territorio de
grandeza para morir y enterrarse con sus tesoros en la tierra habitada por los
más pobres.
Pero también quinientos años después los descendientes de
los zenúes, que fueron dejados para resistir el embate de los mal llamados
descubridores y conquistadores, continúan siendo víctimas de la destrucción.
Perseguidos, maltratados, vejados, encarcelados bajo la calumniosa acusación de
cuatreros o invasores de tierras, son asesinados impunemente. Se les acusa de
"invasores" de las tierras que por milenios ocuparon sus antepasados.
64
Así, de repente, vino la hecatombe, a nombre de un rey al
que nunca conocieron o de un dios del que nunca habían oído hablar.
Hoy son considerados indignos y tratados como parias en su
propio suelo, mientras el verdadero invasor, el verdadero indigno, el real
depredador, se escuda en sus leyes para finiquitar el exterminio iniciado por
Pedro Arias Dávila, Pedrarias, en venganza porque el zenú de los tiempos del
encuentro entre dos mundos impidió que el capitán Francisco Becerra los
despojara de sus bienes.
Buscando el templo de Dobaiba
o Dabeiba, el llamado "Templo
de Oro", el invasor europeo inició la conquista de la tierra de los
zenúes. El filo de la espada, la punta de las lanzas y la embestida de los
caballos, se constituyeron en el castigo para una raza que con fundamento en la
ley se opuso al despojo. No podía el invasor español permitir que la altivez de
unos aborígenes, aparentemente insignificantes, contrariaran sus propósitos y
fueran a repetir el rechazo que recibieron de los aztecas.
Pedrarias y el bachiller Fernández de Enciso, dieron la
orden de exterminio después de conocer la respuesta altiva de los zenúes. Una
comisión de invasores que arribó al Golfo del Morrosquillo leyó la admonición
de la corona española sobre la confiscación de las vidas y los bienes a favor
del rey y de Dios, a la cual el jefe de los perreros zenúes, antes de la
batalla, respondió: "Desde el principio de los tiempos los dioses nos
entregaron esta tierra. Aquí nacieron, vivieron y murieron
65
mis padres, los padres de mis padres y así, sucesivamente, generación
tras generación que se pierden en la historia. Nadie llegó antes a quitarnos lo
nuestro. Ninguna ley, mandado sobre nosotros porque somos libres como el sol,
como la luna y el viento. Ninguna ley distinta a la que nos legaron los dioses
nos rige. ¿Por qué un rey que no nos conoce ni conocemos, a nombre de un Dios
del que nunca tuvimos noticia, puede exigir nuestras tierras y nuestros bienes?
Ahora bien, es verdad que cada pueblo tiene sus dioses y quizá sea verdad que
existe un solo Dios en el universo, igual para todos. Hasta ahora solo Panzenú,
Finzenú y Zenúfana han sido nuestros dioses. Ellos crearon nuestro mundo y nos
dieron la vida, la lengua, las leyes, la justica, la sabiduría y la libertad.
Son dioses indios para los indios. Es posible que el Dios de ustedes sea para
indios y blancos, pero ese Dios de ustedes no puede ser injusto. Su Dios debe
estar loco y su rey borracho, para pretender tomar para sí y para ustedes lo
que no les pertenece. No conocemos a su Dios ni ustedes conocen a los nuestros.
Solo esclavizándonos pueden imponer su Dios y su rey sobre nosotros".
Ese día de 1515, murieron cientos de españoles y de indios.
Ni siquiera la superioridad y la calidad de las armas de los invasores, que venían
de la guerra, pudieron arredrar el valor y el coraje de los zenúes. Fue el principio
del fin. Con base en una supuesta condición de salvajismo, se dio la orden de
exterminio que aún está vigente.
En el aniquilamiento de las razas autóctonas, los que
66
no se sometieron a la esclavitud se refugiaron en los
parajes más inhóspitos e impenetrables de la selva, inaccesibles para los
conquistadores y colonizadores. En la manigua las enfermedades se encargaban de
lo que no podían las armas de los invasores.
Para el invasor no hubo interés sobre la división político-administrativa
del territorio de los zenúes. Solo mucho después, cuando los vestigios estaban prácticamente
perdidos, pudieron realizar algunas delimitaciones. El Finzenú, por ejemplo, incluía
lo que después se llamó Tolú, San Benito Abad (o Tacasuán), Ayapel y prácticamente
todo el alto Simi. El Panzenú se extendía por el este entre los ríos San Jorge
y Cauca; el Zenúfana, por todo el sur hasta llegar al corazón de Antioquia.
Hablaban el mismo idioma: Gaumacó. Ese fue el territorio de los antiguos zenúes.
Partiendo del Finzenú, salió un día Eva o Evangelina Tapia
con sus padres. Se aprestaba a cumplir la última etapa para radicarse de manera
total en Montería. Entendió que nada más hacía en Ciénaga de Oro. Algo le decía
que debía viajar a Montería, donde ya se encontraban hombres venidos de otros países,
para. formar compañías dedicadas a la explotación de madera, las propiedades
medicinales de las plantar, la minería y la ganadería. Franceses, alemanes,
italianos, holandeses, españoles, "gente venida del otro mundo", abrían
con sus empresas otras posibilidades para una mejor vida. Así aseguraban todos
y Evangelina veía que, desde la tierra de su origen, la Sabana, pasaban con
frecuencia familias enteras, rumbo a Montería.
67-68
CAPITULO X
Alguien dijo que el destino se parece a una mujer
caprichosa. Teje marañas de cosas que se enredan de tal manera que la más
insignificante hebra es un fundamento del tejido. Tirar de esa hebra puede
destruir toda la urdimbre o maltratar sensiblemente la pieza de tela.
Los que consideran que nosotros y el mundo que nos rodea no
puede ser fruto de la casualidad ni del accidente, sino resultado de una obra
maestra rumiada en el silencio y la soledad de la nada, por un ser único al que
se llama Dios, creen también en algo conocido solo como destino. Por eso no se
comprende esa manera de tejer y entretejer el antes, el presente y el mañana de
los seres. Aparentemente sin proponérselo los que así creen, culpan a ese ser único,
ideal, de actitudes que no encajan en la realidad.
Se imaginan a Dios infinitamente sabio, pero al mismo tiempo
autor de errores garrafales; infinitamente bueno, pero capaz de aplicar
castigos diabólicos; infinitamente poderoso, pero incapaz de evitar que
destruyan su obra maestra. Por eso, ante el temor y la ignorancia, el hombre
recurrió a una figura suplementaria a la que atribuirle
69
el resultado de sus propios fracasos y éxitos. A esa figura etérea
la llama destino.
Y ese caprichoso destino, hizo posible que un día
cualquiera, un hombre y una mujer no identificados, perdidos en las
reconditeces del tiempo, se enamoraran, hicieran el amor y el uno engendrara y
la otra concibiera un niño que nació entre 1875 y 1880. Ese niño de padres
desconocidos, abandonado, fue a parar a manos de Vival Barilla y Cenobia
Montesinos. Le brindaron su amor, lo criaron y le dieron un nombre y dos
apellidos. Pese a ser pobres, los Barilla se ufanaban de ser descendientes
directos de la nobleza española. Para esa época y aun hoy, ser descendiente de
nobles, era un orgullo dentro de la dependencia mental de muchos de los nacidos
en el Nuevo Mundo.
Con excepción de Cristóbal Colon y algunos otros, muy pocos,
la mayoría de los que lo acompañaron en la proeza de encontrar un mundo
distinto, fueron delincuentes que prefirieron enfrentar la incógnita de hallar
allende el mar, una nueva tierra o morir en el intento. No tenían otra alterativa:
morir entre las cuatro Paredes de los presidios en los que se encontraban
recluidos por sus delitos, o arriesgarse a la aventura. Sin nobleza, sin
abolengos, eran verdaderos deshechos humanos dentro de las comunidades españolas
y una vergüenza para el imperio. Fueron ellos los que con valor se enfrentaron
a lo desconocido. Nada tenían más que la existencia, para perder en el intento,
y sí mucho que ganar: la vida que se les agotaba lentamente en las celdas,
70
y la libertad. Esos fueron los "nobles" que
llegaron a "descubrirnos, conquistarnos y colonizamos". Poco después,
cuando la camisería de aborígenes era ostensible, trajeron el complemento de la
escasitud, cazando a los más pacíficos y humildes hijos del África milenaria, cuna
del hombre y de la civilización. En el tejido del destino poco o nada importó
el hombre aborigen, el erróneamente llamado "indio", noble por
naturaleza.
En el nuevo escenario se formó una compleja sociedad, que al
recibir tres vertientes tan disimiles, creó las bases para el surgimiento de lo
que se llamaría la "raza cósmica".
Los Barilla no fueron nobles de España. Si acaso,
intrigantes en los vericuetos y rincones de la Corte. Uno de ellos llegó llego
al Sinú en ejercicio de una función no muy clara, como no fueron claras las
razones para enviar al Nuevo Continente a individuos y familias que preferían
aventurarse en el largo y peligroso viaje por el mar, desafiando los temores de
la época que hablaban de monstruos, de sirenas que con sus hechizos encantaban
a los hombres y hacían naufragar las embarcaciones; guerrear con las amazonas,
luchar contra los Caribe caníbales, meterse por dos tupidos de caimanes, por
pantanos repletos de cocodrilos, evadir el sortilegio de los mohanes, abrir
caminos por enmarañadas selvas, exponerse a las flechas envenenadas de indios
feroces. Todo era preferible para los invasores cuando recordaban el hambre y
el escarnio soportados en la llamada Madre España. Aun en tiempos de la Colonia
y cuando se daban los primeros pasos hacia la emancipación americana, soldados
y
71
oficiales de las tropas españolas eran en su mayoría
"españoles reos sentenciados y sacados de los presidios de África" y
el resto "españoles europeos que venían a residir con negocios de comercio,
colocados con empleos de varias clases o de otra forma".
Uno de esos Barilla recoge a un niño desconocido, fruto del
ayuntamiento de un hombre y una mujer no conocidos, para asegurarle la vida y
la existencia, y lo llamaron Perico. Así, sencillamente: Perico Barilla
Montesinos.
Diestro en el manejo del ganado, afamado por su trabajo, señalado
como un hombre fuera de lo normal, como parecen ser los elegidos para alcanzar
o dar la gloria, Perico Barilla fue considerado como un hombre distinto a los
de su generación, pese a la incógnita que rodeaba el origen de su cuna.
Una madrugada cuando su voz rompía la espesa neblina de in
calle del ganado, en la Montería del siglo XIX, invitando con su canto a los
bueyes a guiar la manada, Perico Barilla tuvo la sensación de que unos ojos lo
taladraban. Entonando versos y entrelazándolos con interjecciones, se hizo el
desentendido mientras detenía el caballo para buscar disimuladamente a quien lo
espiaba. A corta distancia una mujer joven y llamativa lo miraba obstinadamente
desde la esquina de la tienda del viejo Gregorio Alcalá, cerrada a esa hora,
pero con las luces encendidas en el interior a la espera de compradores de licor.
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Ueee... ueee... ueee...
bueyito miooo... acompáñame en el camino
pa' dirigi la maná... jeee...
palomita guarumera...
llevame a to guarumá... que sé que estas solita y triste
ueee... jeee... bueeey... coge el camino.
Al terminar el canto de vaquería para animar a la manada,
miró hacia la hembra que lucía trasnochada y algo cansada. Al detallarla un
poco más, observó los chorros de vela en la falda y una toalla sobre el piso formaba
un atado en el que llevaba los paquetes de vela, usados durante la noche de
fandango. Recordó de pronto que estaba frente a la plaza de la cruz, en donde
poco antes había terminado la noche de baile en honor a la Santa Cruz,
precisamente el día tres de mayo.
Le sonrió a la mujer y esta respondió de igual manera, con
una sonrisa amable que le adornó la cara y la hacía ver más mujer. Su risa era
franca y at hombre lo asalto la duda de ver en ella algo nuevo, pese a ser la
primera vez que la tenía at frente. Se indag6 interiormente si ese algo
distinto no era acaso un interés, algo así como si estuviera enamorada. Nunca creyó
en el amor a primera vista, ya que la experiencia adquirida en los distintos
pueblos a los que llegaba conduciendo reses a Medellín, le decía que las
mujeres que frecuentaba tenían más interés en el dinero que en el hombre que lo
portaba.
Realmente era más joven de lo que parecía a simple vista.
Dedujo que en esa niña empezaba a despuntar la
73
mujer. Con trote contenido acercó el sudoroso caballo al
lado de la joven.
-Buenos días, preciosa. dijo. Buscaba en la mente dónde había
visto antes a la mujer, pero abandonó inmediatamente su indagad6n.
-Buenos días, le respondió ella- Me llaman Perico Barilla, a
la orden.
-Me llaman María de los Ángeles Tapia, pero no estoy a la
orden de nadie.
Disimuló el golpe porque sabía que no era nada más que una
patada de tanteo o un medio para alargar la charla. Y lo hicieron abiertamente,
como si fueran viejos conocidos. Finalmente le dijo:
-Regreso dentro de un mes y medio de Medellín ¿Dónde puedo
localizarte?
-En la hacienda Las Majaguas, donde vivo con mi madre.
Espero verte de nuevo.
-Vivas donde vivas, allá llegare, no lo dudes. Quiero hablar
largamente contigo y mientras canto, me llevo tu cara y tu risa en mi recuerdo-
aseguró, espoleando la cabalgadura para alcanzar la punta de la manada, que
mientras charlaba con la mujer, había avanzado cuatro cuadras y ya penetraba en
los potreros de los Cabrales, buscando el camino a la finca Los Pericos, para
enrutarse a la vía de Planeta Rica.
Ueee... ueee... buey...
busca el camino bueeeey...
74
que yo la dejo esperando
mi regreso de la trocha...
Ueeeyyy... ueee... ueeeyyy...
Se que le gusta el fandango
a esa india jarocha.
Ueeeyyy... ueeee... ueeeyyy...
Siguió cantando sus coplas y sus décimas, sin rima en
algunos casos, solo salidas del coraz6n. Lo importante era distraer al ganado
para que no se dispersara y cumpliera la agotadora jornada por los caminos y la
trocha. Los cánticos variados alentaban al ganado.
Perico Barilla no tuvo en cuenta las fuertes lluvias de
abril y menos estimó que se alargarían tanto y con mayor rigor en mayo. El
llamado Camino Pradero, o Trocha Cristana, una de las tres que partían de la
Sabana y del Sinú hacia Antioquia, para conducir las grandes manadas al ya
famoso mercado de Medellín, se encontraba anegado en las zonas bajas, prácticamente
el primer tercio del trayecto.
El estado de la trocha, generalmente malo, tenía condiciones
desastrosas y las jornadas, normalmente de un día, se alargaban a tres. Se
agotaron los víveres y el agua. Las serpientes se confundían con los bejucos de
las nuevas plantas que las lluvias alentaron. Los machetes se convirtieron en
una extensión del brazo para poder limpiar permanentemente el penoso y estrecho
camino. Las reses, que amenazaban con desbandarse atemorizadas, tenían que ser
represadas mientras los trocheros reabrían grandes tramos del camino. No pocas
veces se vieron
75
apurados para contener el ganado que, a falta de forraje por
haberse triplicado el tiempo, intentaba salirse de la ruta en búsqueda de
comida.
Perico Barilla demostró que sabía lo que tenía entre manos y
se multiplicó de la cabeza a la cola de la manada, alentando a las reses y a
los vaqueros. Sobre todo a los hombres que cumplían el trayecto a pie, prácticamente
la mayoría, que por esa situación sufrían mayores sinsabores. Con frecuencia, parecían
hundirse para siempre en los lodazales que se formaban con el peso del ganado y
que semejaban arenas movedizas. Los jinetes que
se descuidaban también caían en aquellos profundos pozos.
Por eso era común la tensión y el estado de alerta para acudir de inmediato, allí
donde se requería, porque era más importante la vida de los hombres que de las
reses, aun cuando en el mercado de Medellín se cambiaran los papeles.
Los de a pie corrían a tomar los lazos de los jinetes para
rodear los árboles y con ese sostén, impedir que se hundieran en los lodazales
los caballos y sus jinetes, y después de grandes esfuerzos, los sacaban a
ambos. Los de a caballo también usaban los lazos para sacar a los hombres que caían
en el fango o para evitar que las reses se hundieran sin adelantar ninguna
tarea por librarlas de la muerte.
Los días eran oscuros y lluviosos y se avanzaba penosamente
bajo el permanente peligro de los rayos, durante las tormentas eléctricas,
derribando árboles corpulentos
que caían sobre la trocha. La vida de los hombres pendía
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de un hilo y la suerte de los animales de las habilidades y
destrezas de los hombres. Las noches eran lluviosas y plagadas de mosquitos,
que ennegrecían los cuerpos con dolorosas consecuencias. El viaje se convirtió
en una aventura más azarosa emprendida por Perico Barilla y sus hombres en las
trochas. Dormían muy poco para estar vigilantes ante el peligro de ser atacados
por las serpientes y los tigres, que se enfurecían por el ruido producido por
las pezuñas de las reses o los cánticos de los vaqueros.
A finales de junio faltaba un tercio del camino, y mientras
se acercaban a las altas montañas, disminuían los pantanos, pero aparecían los
precipicios y la marcha continúo siendo lenta para preservar la manada y
alimentarla bien, otra tarea que se hacía con mucho empato para realizar una
buena venta en el mercado próximo, ya que indudablemente habían desmejorado.
En la primera semana de julio los propietarios de la manada
lograron, más por in carencia de ofertas que por la condición del ganado,
precios que remitieron recuperar el capital y obtener ganancias después de
cubrir los gastos ocasionados por la extenuante jornada. Las ganancias fueron
posibles debido a que los ganaderos de la Sabana, amilanados por el fuerte
invierno, se abstuvieron de enviar sus ganados a la espera de mejores
condiciones de la trocha.
Para comprender el trabajo realizado por Perico Barilla y
sus hombres, conviene recordar que desde finales del siglo XIX y principios del
XX, el ganado que se levantaba
77
en las regiones del Sinú y Sabana se arriaba a Medellín, que
ya en ese entonces era un gran mercado que trascendía en la fama de su feria.
La incomunicación era prácticamente total. Las regiones se
encerraban en sus propios límites y los caminos no pasaban más allá de lo
indispensable. Hombres osados de cuya identidad y proezas hay muy pocos
registros históricos, no obstante, la importancia de su trabajo, abrieron entre
la espesura de la selva, más por intuición que por técnica, los caminos que
llamaron trochas, a los que se les dio el nombre de los acaudalados ganaderos
que patrocinaron el trabajo de apertura.
Don Antonino Lacharme, por ejemplo, abrió desde su hacienda
Pinos hasta el rio San Juan, una trocha para llegar a Medellín por la vía acuática.
El "Camino Padrero" desde Ayapel, "El Camino Cristero" o
"Trocha Cristana" y muchas otras que se dirigían directo a Medellín o
a los puertos del rio cauca o del rio Magdalena, así como las que se
encaminaban a Bucaramanga y Cúcuta, buscando territorio venezolano, fueron
rutas abiertas a filo de machete en medio de intrincadas selvas.
Sin embargo, fue don Manuel del Cristo Torres, más conocido
como Don Cristo, el que tuvo la idea de abrir la primera, más extensa e
importante de las trochas, en cuyo honor fue llamada la "Trocha
Cristana" por los sabaneros, "Camino Padrero" por los ríanos del
San Jorge, o lo que es lo mismo, el padre de todos los caminos, y "Camino
Cristero" por los sinuanos.
78
Don Manuel del Cristo Torres era un próspero comerciante,
que en la flor de la juventud se propuso adquirir una fortuna a través del
mercado de todo aquello que representara un negocio lícito. Se asentó en
Sincelejo en los primeros años de la década de 1920 y entre sus actividades,
dedicó algún tiempo al transporte de ganado.
Con ocasión de la gran crisis económica mundial de 1930, don
Cristo quedó prácticamente en la ruina. Dispuesto a recuperar su fortuna, se
detuvo a cuestionar sus actividades, sopesó todos los pros y los contras y se decidió
por incentivar el transporte de ganado. En las tierras de Sabana y del Sinú, el
ganado vacuno crecía por si solo como la hierba. La mayoría de los ganaderos
desconocían la totalidad de ganado que poseían y en ocasiones, se sorprendían
al encontrar en sus terrenos lotes de ganado al que llamaban "cimarrón",
por inculto.
En la decisión se unieron varios factores favorables al propósito
del señor Torres. El precio del ganado en el sector de producción era ínfimo,
por cuanto los ganaderos ya se encontraban acostumbrados al negocio de
producirlo con la menor inversión posible y gracias a una mano de obra prácticamente
regalada, ya que el tratamiento a los campesinos era similar al que los señores
feudales le habían dado en la vieja Europa. Los campesinos, los trabajadores del
campo, nacían en los latifundios, crecían, Vivian, se reproducían y morían debiéndole
al propietario, asumiendo sus propias deudas y las de sus mayores, con lo que la
condición de dependencia se agudizaba.
79
Con el entusiasmo de la juventud y con la firme voluntad de
recuperar su capital y volver a ser "Don Cristo", como ya lo
llamaban, el señor Torres comenzó a comprar ganado barato en Corozal y
Sincelejo para conducir por una trocha abierta no se sabe por quién, hacia la
localidad de Yati, en cercanías de Magangué y a orillas del rio Magdalena, para
de allí, por vía acuática, trasladarlo a Puerto Wilches, Puerto Berri, La
Dorada y Honda, según los pedidos que le hacían.
La visión comercial de Don Cristo fue tal, que en cada
puerto del rio Magdalena, principal vía en ese momento para comunicar a la
costa con el interior, designo un agente suyo que se encargaba de recibir los
pedidos y hasta de vender anticipadamente los despachos de ganado.
En menos de una década, Manuel del Cristo Torres quintuplicó
el número de cabezas de ganado que hasta ese entonces se habían enviado desde
el litoral a los mercados de Antioquia, Cundinamarca, Santander y Venezuela.
La demanda de los mercados, especialmente del de Medellín,
preocuparon a Torres, que como buen comerciante buscaba aprovechar la bonanza y
ganar más de lo que hasta el momento había ganado. Haciendo un análisis de sus
bienes, encontró que poseía cuatro o cinco veces el capital que había perdido
en la crisis económica. Y tuvo la visión de abrir su propio camino para
trasladar el ganado desde el sitio de producción al de
80
consumo con menos dificultades y peripecias, y naturalmente
con mayores beneficios.
Un día cualquiera tomó un mapa del país y después de trazar
mentalmente una ruta, aprovech6 un camino viejo que conducía de Sincelejo a la
localidad de Palatal, en el municipio de Ayapel. Contrató cien hombres para que
cumplieran las funciones de macheteros y hacheros, así como un grupo de guías y
tocadores de cacho.
Estos fueron internándose por la selva hacia la dirección
indicada por don Cristo, con la tarea de tocar el cacho cada cierto tiempo,
durante el día, para orientar a los macheteros que iban limpiando el terreno
mientras los últimos se dedicaban a derribar árboles inmensos.
Aparentemente no hay registro del tiempo utilizado por don
Cristo Torres y su centenar de hombres en la apertura de la trocha, ni menos el
valor que ello representó para el peculio del comerciante. Pero se puede deducir
la odisea, señalando que fueron abiertos trescientos kilómetros de trocha entre
las localidades de Palotal, en Ayapel y Puerto Valdivia y que, del centenar de
hombres, treinta bañaron con su sangre el trabajo, víctimas de las mordeduras
de las culebras, ataques de los tigres y por las fiebres palúdicas. El trayecto
total de Sincelejo a Medellín era de cuatrocientos cincuenta kilómetros que se recorrían
durante cuarenta días, por cuanto se aprovechó un camino abierto entre
Sincelejo y Palotal y otro desde Puerto Valdivia a Medellín.
La inhospitalidad de la trocha era conocida por todos.
81
Solo hombres seleccionados por su pericia en el manejo del
ganado, por su buen estado de salud y por su valor, integraban las plantillas
de vaqueros para las trochas. Muchos de estos héroes anónimos abonaron la
tierra de la estrecha y selvática senda.
Era tan inhóspita la trocha, que cuando un novillo se
derrotaba, no perdían el tiempo atajándolo, porque poco tiempo después,
regresaba, bramando, a la manada por miedo a la selva.
Cuentan que una familia de apellido Espinosa, de Corozal,
venida a menos económicamente de un momento a otro, tenía varios muchachos de
diferentes edades y al mayor de ellos, de unos veinte años, se le permitió
enrolarse en una de las plantillas para ganar algún dinero. El jovencito no
resisti6 las adversas condiciones y al sexto día fue presa de una fiebre altísima
y cuatro días después no pudo levantarse por cuanto había perdido el sentido y
deliraba.
El caporal, al ver el grave estado de salud del muchacho, se
dispuso a devolverlo a Corozal, pero para ello se veía precisado a mermar en un
cincuenta por ciento la plantilla, a fin de facilitar el transporte en hamaca
del enfermo. Un vaquero veterano le indicó al caporal que la decisión no era
correcta debido a que exponía la vida del muchacho y la de los que quedaban a
cargo de la manada, por no ser suficientes para su control. Le recomendó, además,
que le colocaran una lavativa al considerar que se trataba de un malestar
estomacal ante el hecho cierto de que el jovencito no estaba acostumbrado a
82
este tipo de vida.
Después de una serie de planteamientos del uno y del otro,
primó la del lavado y se procedió a hervir agua con jabón y cuando estaba tibia
y por tanto soportable, se encontraron con la carencia de un medio adecuado
para introducir el agua al cuerpo del enfermo. El mismo viejo vaquero abrió la jícara,
sacó. la botella en la que llevaba el petróleo para la rústica lámpara con la
que se alumbraba por las noches, repartió el líquido entre sus compañeros para
que lo guardaran, lave la botella y con gran cuidado rompió la parte de abajo
quedando el pico, al cual unto vela de cuba y como el enfermo no tenía fuerzas
ni para protestar, le dieron la vuelta y le introdujeron el pico de la botella
a manera de embudo, para vaciar el agua tibia con el jabón.
Los efectos de la lavativa no se hicieron esperar y después
de dos o tres expulsiones el grado de la fiebre fue aminorando
satisfactoriamente y en la noche, después de ingerir caldo caliente, el
muchacho comenzó a hablar con sus compañeros y en la madrugada reanudo con
ellos el viaje hasta llegar a Medellín bastante repuesto y regresó a Corozal
sano y salvo y su aventura bien guardada para evitar la burla de los compañeros.
Por su parte don Manuel del Cristo Torres recuper6 con
creces su fortuna, pero con excepción del nombre de la trocha, ningún otro
reconocimiento recibió por haber conectado a la costa con el interior. De tal
manera fue su aporte, que muchos años después, perdida la trocha se procedió a
construir la carretera llamada carretera troncal
83
de occidente que, en lo correspondiente al tramo de Medellín
a Sincelejo, fue el mismo previsto por don Cristo como ingeniero empírico. Su hazaña
corre el peligro del olvido.
Como ya se dijo, el trayecto era recorrido en un lapso de
cuarenta días en jomadas que se iniciaban a las cuatro de la madrugada y terminaban
a las once de la mañana, en los periodos de verano, y dos de la tarde en la época
de invierno. Lóbregos pantanos, selvas oscuras y densas, y los llamados bajos
de Tarazá, calificados por todos como traicioneros, se sumaban a los tenebrosos
abismos en las altas montañas.
La plantilla o cuadrilla para atender una manada de unos
veinte animales, la integraban nueve hombres en la condición de vaqueros, más
un guía conocido al mismo tiempo como capataz o caporal, que marchaba a la
cabeza entonando canticos sobre temas vivenciales que más tarde fueron llamados
"Cantos de Vaquería". Don Cristo Torres, en Sincelejo, los Badel en
Corozal, los García de Sampués, los Lacharme y los Berrocal, en Montería, remitían
lotes de mil reses en cada viaje.
El vaquero cumplía el viaje a pie. Abarcas tres punta en los
pies, un calabazo para llevar agua, una soga, machete o rula colgando de la
vaina al cinto y una jícara a la espalda -especie de morral primitivo con un
peso mínimo de veinticinco libras representado en zapatos de cuero, rústicos,
fabricados por el mismo vaquero y que se colocaban inmediatamente entraban a
territorio Antioqueno, lo mismo que colocaban zapatos de cuero a los
84
animales para que no perdieran las pezuñas en los pedregales,
alimentos, un toldillo, una hamaca, utensilios para cocina, y en la cabeza un
sombrero vueltiao, elaborado con extraños símbolos y dentro de principios matemáticos
que legaron los antepasados del pueblo zenú.
Fueron hombres de acendrada pulcritud y honestidad a toda
prueba. Por eso, al entregar las reses que les habían confiado, sufrían
interiormente por la muerte de uno o dos animales en la penosa travesía,
evidenciando un sentido de responsabilidad en el cumplimiento de este tipo de
tarea. No hay registros de que alguna vez, una cuadrilla se hubiera quedado con
parte del ganado o dado por perdidas más del mínimo acostumbrado, "dos reses",
y aceptado como accidente.
A principios de la década de 1950 se construyó, como queda
anotado, la carretera que comunica al interior del país con la costa. Ello
trajo como consecuencia el acondicionamiento de camiones de alto tonelaje a los
que se bautiz6 con el nombre de jaulas, lo que ocasionó la desaparición de las
trochas y de los bravos vaqueros que las transitaban. Pero es innegable que los
vaqueros y las trochas fueron héroes y escenarios de grandes proezas ignoradas.
El mes y medio previsto para ir y regresar se le convirtió a
Perico Barilla en el doble. Las dificultades en el viaje le borraron de la mente
a la joven a la que prometió buscar a su regreso. Llegó a Montería a finales de
julio y al asistir una mañana a la casa de la familia Berrocal, para coordinar
los preparativos de otro despacho
85
de ganado para mediados de septiembre, vio a la muchacha, y
sin preámbulos, como si en verdad hubiera sido objeto de su atención desde que
se vieron por primera vez, la abordó para asegurarle que venía a cumplirle la
palabra.
Concertaron la cita para la noche de ese día. La mujer
estaba prendada del vaquero y lo tuvo en la mente durante el tiempo del viaje.
Recordó que unos meses antes de conocerse se enteró que por la región campeaba
un joven bien plantado ante el cual muchas mujeres caían rendidas. Nadie sabía
otra cosa de él que la de haber sido criado por Vival Barilla y su mujer y
levantado en la finca Las Majaguas.
Era un mozo recursivo en la charla, con buen timbre de voz,
lo que le permitía entonar canciones de moda y tonadas vaqueras. De buen porte,
blanco, fornido, pelo negro y liso, ojos castaños, irradiaba energía y buen ánimo
en todo momento. Pero por encima de sus virtudes y defectos, Perico Barilla era
un enamorado de todas las mujeres. Para él tenía plena vigencia la tesis que
aseguraba que "dos cucharadas de sopa y manos a la presa", e insistía
en que no le gustaba perder el tiempo. A ello hay que añadir que era un
excelente bailarín y un buen tomador de tragos.
María de los Ángeles lo conoció en una fiesta de San Pedro y
San Pablo. De golpe dedujo que era un hombre galante y jinete zaramullo y su
corazón aceleró los latidos. Sin que le hubiera dado una mirada, estaba
dispuesta a entregársele y hasta pensó que si el no daba el
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primer paso, ella sí.
En aquel momento sufrió lo indecible al verlo parado encima
de la montura de su caballo y tendiéndole el brazo a otro jinete en las mismas condiciones
y después de aferrarse el uno al otro, emprendieron una carrera a galope
tendido. Cerró los ojos esperando lo peor y solo los abrió cuando escuchó los
aplausos al término de la carrera.
Volvió a verlo en la madrugada del cuatro de mayo, al
terminar el fandango de la Santa Cruz, al frente de la manada de reses que se
encaminaba a la trocha, rumbo a Medellín. Ella sí que lo pensó todos los días.
Hasta en los sueños estaba con la figura de su apuesto galán.
Coincidencialmente, Evangelina be informó momentos después
que esa noche había baile macho en la playa de la bonga, organizado por
Emeterio Suarez y Andrés Pérez. En el ambulante de Emeterio se encontraron con
Perico.
-Esta noche eres toda mía- le dijo como saludo y ella lo
mire guardando silencio. Si, pensaba, era toda de él y a eso venía, a entregársele.
Evangelina captó en los ojos de María de los Ángeles el fuego
del amor y estuvo segura de que esa noche perdía a la niña y le devolvían a una
mujer. Quiso regresar y llevársela, pero una voz interior la previno informándole
que María de los Ángeles era otra persona y que ella, ni siquiera en su condición
de madre, podía oponerse a los
87
designios del Señor y que debía dejarla enfrentar su
destino.
María de los Ángeles y Perico se fueron a la playa a un lado
del círculo de hombres y mujeres, más de aquellos que de estas, que se pasaban
un calabazo de ron del que tomaban grandes tragos. En el centro, la fogata
crepitaba alegre y bullangera, como invitándolos a comenzar prontamente la
danza. Los hombres fueron despojándose poco a poco de sus vestidos para quedar
semidesnudos sobre la arena. El rio con sus aguas apacibles bordeaba la playa,
miraba un instante y apenado, continuaba su camino al mar.
Andrés Pérez era un hombre negro, de mediana estatura,
gordo, con el abdomen abultado. Se sentó en el lugar principal de la rueda y se
rascó la garganta como para afinar los sonidos, ladeó la cabeza y puso la cara
al cielo como queriendo mirar las estrellas, pero con extraño ademán entrecerró
los ojos. Alzó los brazos y dio la primera palmada, la segunda y la tercera.
Otras palmadas se dejaron oír tomando el compás hasta producir un sonido
sincronizado. Plaf plaf plaf plaf. El tono de las palmadas subía y bajaba, monótonos
unas veces y desenfrenado otras. Y trocando la normalidad del tono de su voz,
casi ronca, de la garganta del negro Andrés Pérez salieron extraños gemidos:
iAaayyyy... ayayayyy... ayay...
uuuujajaayy... uyuyuy... mama!
Ay ay ay ayyy
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Los demás repetían, a manera de eco, los sonidos guturales
de Andrés, mientras continuaban el palmoteo y los c-cuerpos principiaban a
moverse a izquierda y derecha, lentamente primero y después con vigorosa
celeridad.
Currucutú panela...
se te quemó el arroz Manuela...
Currucutú cacao...
que se te daña el pegao...
Los cantos siguieron por largo rato y en un rapto místico,
el primer hombre se puso de pie y contorsionándose al ritmo de las palmadas,
fue dando pequeños saltos alrededor de la fogata, hasta que en la segunda
vuelta le tendió la mano a una de las mujeres que también se paró y se integró
al baile. Uno tras otro saltaba y se enrolaban en la danza; aquí un hombre con
una mujer y allá dos, tres o más parejas de hombres que al calor del baile,
pegaban sus cuerpos sudorosos, mientras se miraban con raros mohines y
ademanes.
Perico y María de los Ángeles se introdujeron en el círculo
y danzaron un buen rato. A los bailes de macho no llegaban mujeres, pero
Emeterio, Andrés, Venancio y otros que desfogaban sus trocados y antinaturales
ardores en estas ceremonias, invitaban a unas pocas de sus amigas, entre ellas,
algunas que también variaban las rutas de sus sentimientos. Evangelina y María
de los Ángeles habían participado en estas extrañas fiestas, indiferentes a los
avatares de formas anormales de entrega sexual. Perico y María de los Ángeles
bailaron intensamente,
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eufóricos, esperando la oportunidad de escapar de la
algarabía, y cuando todos se contorsionaban y se elevaban en el mundo etéreo de
una danza contra natura, los dos enamorados se fueron del baile, en silencio,
subrepticiamente. En medio de la oscuridad reinante en la playa, escondieron
sus cuerpos y sus propósitos y se refugiaron bajo el ramaje de la inmensa bonga,
que a la orilla del río fue por muchos años testigo mudo de los acontecimientos
de Montería.
Perico Barilla quedó estupefacto, cuando al intentar la
entrada por el viejo camino del amor tropezó con una pared que lo impedía y le
indicaba que no conocía la primera pisada. Convencido de la frecuencia de María
de los Ángeles en los salones de baile y ruedas de fandangos la hacían presa
fácil de otros brazos y otros cuerpos, era imposible que conservara la
virginidad. Estaba a prueba su condición y se preguntó si acaso su veteranía en
los prostíbulos de los pueblos antioqueños, que frecuentaba en los permanentes
viajes a Medellín, ¿No le habían servido para nada? Insistió con todas sus
fuerzas para derrumbar el muro y sólo la luz de la luna y el frondoso ramaje de
la bonga escucharon el grito contenido que se confundió con los gemidos de
placer de la mujer satisfecha.
90
CAPÍTULO XI
Siete meses después de convivir con María de los Ángeles, en
una pequeña habitación de la calle del Coco con el callejón de La Pola,
comenzaron las ausencias de Perico Barilla del hogar. Sexo y más sexo. En la
mañana, al medio día, en la tarde, en la noche y a toda hora, sexo. Perico
buscaba un hijo, ansiaba un hijo, mientras que María sólo apetecía gozar al
hombre que escogió como el primero de su vida, y pensaba, el único.
Quizás en los primeros cuatro meses, Perico satisfizo todos
los ardientes deseos de una muchachita voluntariosa que le entregó sin remilgos
la virginidad. Perico Barilla vivía una situación distinta a las experiencias
sexuales con mujeres de prostíbulos que hallaba en los caminos de sus
aventuras. Antes de María de los Ángeles, no pasó por su mente formar un hogar,
porque no se concebía encerrado en las cuatro paredes de una casa, sometido a
leyes y costumbres que no estaban escritas pero que todos acataban. No le
agradaba tampoco ahorrar, como hacían sus compañeros al término de la conducción
de las manadas, para atender los compromisos adquiridos en el hogar.
91
Faltaba algo, pero Perico no sabía cómo expresarlo. Pensaba
que la dicha no era completa, pero no creyó prudente plantearle la situación a
María de los Ángeles. Si al principio se dispuso a gozar de la muchacha como
objeto, sin darse cuenta, lo que nunca le había ocurrido, se enamoró de ella y
esto le impedía crearle problemas, causarle dolor. Comenzó a salir para
encontrarse con sus viejos amigos, con sus compañeros de trabajo o con otros
vaqueros en los ambulantes de Emeterio Suárez, Andrés Pérez, Argeo Ibarra y
otros expendedores de licores en los alrededores del viejo ranchón que estaba a
la orilla del río y que servía de mercado del pueblo.
No buscaba aventuras sexuales por cuanto en la casa tenía un
torbellino de pasión. En cierta manera, se encontraba hastiado de sexo y
trataba de hallar en las nubes de las borracheras una respuesta a las preguntas
que le rondaban la mente y a las que no podía responder bueno y sano. Y se
obstinaba en el silencio ocultando la terrible angustia ante la mujer a la que
brindaba todo su amor.
María de los Ángeles mantuvo hermetismo sobre su estado,
para darle una sorpresa a su amado. Perico sólo vino a enterarse un mediodía,
casi a los ocho meses de hacer vida marital con ella, al verla dar un traspiés
cuando se dirigía a la troja para colocar los platos utilizados en el almuerzo.
María dejo escapar un grito y se llevó las manos al bajo vientre, como para
evitar que se le saliera algo por allí.
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Marcelina Agámez, la comadrona, compañera de Evangelina y de
María de los Ángeles en las ruedas de los fandangos, no pudo hacer otra cosa
que aligerar el aborto. Un bello niño se perdió ese día y su padre, Perico,
enterró el feto al final del patio, en medio de un gran dolor interno, pero
aparentando tranquilidad.
Los temores que lo asaltaban sobre una supuesta esterilidad
se acabaron para darle paso a un mudo rencor por la actitud de la mujer, que le
ocultó la noticia que tanto anheló recibir y por la pérdida de lo que ambos
habían forjado en largas jornadas de amor.
Muy temprano, al día siguiente, Perico fue a donde los
Berrocal y solicitó trabajo como caporal para el transporte de ganado. Los
efectos negativos de la guerra civil se evaporaban con la tranquilidad de los
pueblos y pese a que no dejaban de presentarse algunos trastornos, en el
corazón de todos se albergaba el propósito de la paz. Mientras tanto, Medellín
estaba urgido de ganado para sus ferias, y los Berrocal con otros ganaderos del
Alto, Medio y Bajo Sinú, estaban dispuestos a atender la demanda, pero moderadamente,
para no dañar con sus ofertas, los requerimientos del mercado.
Años después, al trasladarse el ganado en grandes camiones y
por vías carreteables, la excesiva oferta casi arruina a los ganaderos, que
pensaban entonces, que no obstante las penalidades de los vaqueros, la trocha
había sido más productiva.
Perico Barilla volvió a la trocha y a los viajes largos y
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penosos, dejando a María de los Ángeles sola, añorando su
regreso. La mujer guardó en lo más arcano de su ser el amor por la danza, los
porros y las cumbias, para evitar comentarios que perjudicaran el ánimo de su
hombre, que hasta entonces no dejaba aflorar ningún sentimiento negativo. Eva
su madre, respetándole sus buenos propósitos no la incitaba a participar en las
fiestas, porque gozaba de la felicidad de saber que su hija tenía un hogar como
el que ella anheló y que le fue esquivo todo el tiempo.
En lo posible, acompañaba a La hija a mirar los fandangos,
pero no a participar de ellos, porque sabía que podían dar margen a comentarios
malintencionados, sobre todo, de algunos hombres que persistían en el empeño de
convencer a la muchacha para que les entregara su cuerpo bajo supuestos
intereses amorosos o con la abierta oferta de dinero. Le aseguraban los
potentados del poblado, que Perico no era más que un vaquero sin pasado y sin
porvenir. Pero María de los Ángeles rechazaba todas las pretensiones y detenía
los ataques amorosos. Desde los doce años debió defenderse y poner barreras
entre ella y muchos hombres que no buscaban otra cosa que su cuerpo. Si se
entregó a Perico Barilla fue por amor, porque en verdad lo amaba.
Perico regresó de Medellín y casi a la semana volvió a la
trocha para dirigir una manada de propiedad de los Lacharme, cuyo caporal
enfermó repentinamente. María de los Ángeles sintió que la tierra se hundía a
sus pies cuando se enteró. El hombre, en los primeros días, evitó el contacto
físico con la mujer alegando el cansancio del
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viaje, y cuando sus cuerpos en la cama se separaron
violentamente al introducirse entre ambos la noticia. Ella no comprendía el
afán por regresar a la trocha, porque con ello le daba a entender que ya no la
quería. Le exigió que la llevara consigo en el viaje y él se opuso alegando que
nunca una mujer había estado en esos menesteres.
Por primera vez le preguntó si no la amaba o si existía
alguna cosa, por mínima que fuera, que le originara malestar, que se lo dijera,
que estaba dispuesta a reparar el daño, a corregir el error, pero él no
aprovechó la ocasión para dialogar y solucionar el problema. Evadió el asunto y
tomó el camino a Medellín.
No se trataba de un capricho, no eran celos, confiaba en
María de los Ángeles. Cuando inició la larga travesía, hubo un momento en el
que deseó regresar corriendo a su lado, pero desistió en el último instante.
Gozaba de la entrega sexual de la mujer como nunca lo experimentó con ninguna
otra. Extrañamente, algo desconocido lo detenía y a cada momento se interrogaba
sin resultado alguno.
Domingo Berrocal, el menor de la familia, para la época un
hombre joven, galante, bien parecido y amante de todo tipo de fiestas,
comprendió desde niño que el dinero era factor predominante para seguir
viviendo en las condiciones económicas en que había nacido. Por ello, si daba
rienda suelta a sus ímpetus juveniles y derrochaba el dinero en grandes
parrandas, después trabajaba incansablemente para reponerlo.
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Al momento que María de los Ángeles llegó a la finca de la
familia Berrocal, estimó que la jovencita se rendiría a sus propuestas, pero
tropezó con una barrera que ella levantaba bien fuerte y bien alta, y desistió.
No se sorprendió al enterarse que Perico Barilla, el mejor caporal de sus
haciendas, logró conquistarla y en cierta forma lo alentó para que viviera con
ella y le diera el trato que se merecía. No obstante que a la muchacha le
gustaba demasiado el baile, le resaltaba el buen comportamiento y le aseguró
que no encontraría en toda la región una mujer como ella.
Cuando Domingo Berrocal se enteró que Perico había
contratado con los Lacharme la conducción de una manada, pese al poco tiempo de
estar viviendo con María de los Ángeles y de su último viaje, dedujo que algo
no andaba bien en la pareja. Haciéndose el aparecido los visitó el mismo día
que se enteró del contrato y le expresó a Perico su extrañeza por el caso.
Veterano en las lides del amor, Domingo Berrocal fue adentrándose sigilosamente
en la situación y lo sorprendió el doloroso llanto de la mujer y el embarazoso
silencio del hombre y concluyó que algo los afectaba, pero que ninguno de los
dos era consciente del motivo, por lo que decidió intervenir y le ofreció a
Perico, primero, encontrar un reemplazo para la guía del ganado, y segundo,
nombrarlo como capataz de Las Majaguas, con un salario que duplicaba lo que
podría ganarse en la trocha en viajes cargados de peligros. Perico rechazó las
generosas ofertas y se encerró aún más en el mutismo.
Perico sabía que amaba a María de los Ángeles, como
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nunca lo hizo antes ni lo haría después con una mujer.
Estaba seguro de ello. Y por primera vez en su larga lista de viajes por la
trocha, al término del ultimo no ingirió ni siquiera una copa de licor, ante el
asombro de sus compañeros.
Si en los tres primeros viajes fue reacio al contacto sexual
con María de los Ángeles, al finalizar el cuarto cambió totalmente. Como si el
mundo fuera a terminarse si no repetían incansablemente los encuentros de los
primeros días, su obsesión rayaba en lo enfermizo. En la cama, en la hamaca, en
el cuarto, en la sala, en la cocina, en el patio, sobre el duro piso de la
casa; se podía afirmar que dormían poco por cuanto las tres cuartas partes del
día las dedicaban a las faenas sexuales. La mujer se convenció de que en el
sexo estaba el problema, pero por más que intentaba descifrarlo, no lo lograba.
No rehuyó el desafío que le planteaba su hombre y hubo un
momento en que consideró que ninguna otra mujer habría soportado la situación
como ella lo estaba haciendo. Posiblemente el gran amor que le profesaba a
Perico le permitió buscar en la comunión de sus cuerpos el remedio para curar
el mal que los afectaba pero que desconocía.
Tenía la impresión de que ésta era una sola cópula que
amenazaba con no tener fin. Conocía mujeres que se dedicaban al oficio de
vender sus cuerpos. En algunos bailes en los salones de El Bataclan o El
Bolívar, a la orilla del río, charlaba con ellas sobre sus vivencias y sobre
las experiencias que guardaban de largos años de trabajo.
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Vivían de eso, vivían para eso, pero aún las ninfómanas
confesaban que llegaba un momento en el que se hastiaban de los hombres. Y
soportó, sin ninguna protesta, más bien alentándolo, el lujurioso huracán de su
marido. Cierto que consideró en algunos momentos evadirse al sentir en los
bordes y el interior de su órgano sexual los efectos del roce continuo, pero
sacaba fuerzas y decisión para olvidarlos y evitaba todo lo que pudiera
desestimular a Perico. A ello se debió que no le hiciera preguntas de ninguna
índole, por temer una mala presentación, un enfoque errado del interrogante que
fuera causa para desatar lo que no quería. Los dos evitaron hablar y enredados
cada cual, en sus pensamientos, hicieron el amor por más de sesenta días, con
ligeros descansos, como nunca lo haría mortal alguno.
Todos en el poblado estimaban que Perico y María de los Ángeles
se querían más que cualquier otra pareja y que su amor crecía y crecía con el
paso de los días. Ella nada dijo cuando Perico le comunicó que regresaba, una
vez más, a la trocha. Era su trabajo. Y el hombre fue y volvió. Y a los veinte
días del regreso reunió vaqueros para otro viaje. Cuando la plantilla volvió al
poblado, María de los Ángeles entristeció al no ver a su hombre entre ellos;
ninguno de los compañeros pudo darle información sobre lo ocurrido.
Sencillamente desapareció.
Fueron muchas las versiones sobre la desaparición del famoso
vaquero. Que se había ido a Turbo como administrador de una hacienda. Que se
fue a Venezuela. Que lo habían matado en un prostíbulo de Medellín.
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Después de cuatro meses de encierro, lágrimas, de
meditaciones, María de los Ángeles encontró la respuesta a las preguntas que se
había planteado desde los primeros días de vivir con Perico y estaba convencida
de que era la misma para su hombre, ahora lejos. Su hombre, dedujo, no había
resistido la incapacidad de engendrar un nuevo hijo, pese a los esfuerzos de
días y meses de empeño.
En la mente de María los pensamientos se alcanzaban unos a
otros, como las aguas que locamente bajan por un arroyo crecido. Así también el
raudal de preguntas sin respuestas se ahogaba unas a otras. Sabía que Perico
había encendido la llama de sus deseos para luego huir lo más distante posible.
Creía que no había de recobrar la razón hasta no verlo de regreso, a su lado,
porque se consideraba con el juicio perdido de tanto hilar pensamientos, de
tantas añoranzas. Pasaba noches enteras sin poder conciliar el sueño, para no
perder el feliz momento del reencuentro, de tenerlo de nuevo entre sus brazos.
Sólo la paciencia no había escapado de ella y le permitía continuar
esperándolo.
"¡Me abandonó y con él se fue mi dicha, mi tranquilidad
y mi reposo! ¡Sólo dejó lágrimas en mis ojos, miel entre mis labios que ya se
agota y angustias en mi corazón, que si fueran al mar lo desbordarían!",
murmuraba, mirando las cintas de mangle que soportaban el techo de palma de su
alcoba. Desde que abría los ojos en la mañana hasta que lograba cerrarlos junto
con su mente en las noches que triunfaba sobre el insomnio, era la imagen de Perico
Barilla la que tenía al frente en una
99
permanente evolución de sus amoríos, de su idilio y de su
actual drama.
"En la madrugada le pregunto a los primeros rayos del
sol que se asoman en el horizonte si te han visto, mi amado Perico. Y a los
primeros luceros de la tarde que anuncian la noche que viene en camino, y a la
luna llena y a los relámpagos en medio de la lluvia, pero todos guardan
silencio. ¿Dónde estás, amor mío? No prolongues esta separación, que mi corazón
acongojado no entiende ni soporta", murmuraba de rodillas frente al altar.
Juraba como si Perico pudiera escucharla, que su ausencia no era motivo para
llenar su corazón con otros amores. "¡Mi corazón es demasiado pequeño y
sólo tú cabes en él!", mascullaba.
Se prometió perdonarlo, porque ella también anhelaba un
hijo. Pero no hallaba justificación para que la hubiera abandonado. En el
silencio de la noche y en medio de la soledad de la alcoba, casi gritó:
"¡Perico! ¡si no fuimos capaces de tener un hijo y por
eso me abandonaste, yo te perdono! ¡Y en honor a nuestro amor, hoy muere María
de los Ángeles Tapia y nace María Barilla!".
100
CAIDURJ10 XII
Las risas de los monterianos la molestaban, al creer que
todos estaban enterados de su drama. Insistió tanto que Evangelina accedió a
salir junto a ella de la población y cuando la barquetona se acercaba a Cereté,
para seguir por el caño Bugre hacia abajo, en su ruta a Lorica y Cartagena,
decidieron quedarse allí.
Las bailadoras de fandango integraban, sin proponérselo, una
cofradía en la que primaba la amistad. Si bien las leyendas nos relatan duelos
entre bailarinas en los salones de baile y en las ruedas de los fandangos para
dirimir superioridades, lo cierto fue que entre ellas no tenían importancia
rangos ni facultades. Todas se consideraban una misma bailarina y se ayudaban
mutuamente. Esto facilitó a las dos mujeres quedarle en Cereté en donde encontraron
una acogida generosa de Catalina Banda y Mariana Causil, bailadoras de fandango
como ellas.
Antes de los quince días trabajaban en la residencia del
ganadero conocido como "El Papito" Padilla, y los sábados y domingos,
abrían una venta de frituras con muy
101
buenos resultados económicos, ya que muchos hombres y no
pocas mujeres se acercaban a comprar sólo por conocer a la ya famosa María de
Los Ángeles Tapia, que ahora exigía se le llamara María Barilla.
En el corazón de la mujer estaba vivo el amor por Perico Barilla,
pero los recuerdos se iban perdiendo poco a poco, en la medida que pasaba el
tiempo. En Cereté se mencionaba el nombre del vaquero, pero sólo como
referencia a sus cualidades de guía en las trochas y ello le permitió a María
acomodarse a otras cosas sin vivir pendiente de lo que la atormentaba.
Buscaba respuestas a las preguntas que se hacía en el
interior de su mente, porque pensaba que nadie debía intervenir en su conflicto
íntimo. Ni siquiera Evangelina, su madre, que tantas muestras de confianza y
amor filial le daba, pudo entrar al laberinto de sus emociones.
No daba, sin embargo, muestra alguna de lo que le corroía el
alma, y su dolor y amargura los escondía muy adentro de sí. La cara, sus
miradas, sus risas, sus voces, sus ademanes seguían siendo los mismos que todos
conocían y así pudo esconder la realidad.
Quienes charlaban con ella en los sitios de trabajo, en las
reuniones de vecindad o en las plazas de los pueblos en fiestas, no notaron una
sola señal de las dolencias espirituales que la aquejaban. Exteriormente seguía
siendo un lago en calma, pero por dentro una tormenta encrespaba con furia el
mar de sus sentimientos. Pese a ello María Barilla no daba su brazo a torcer.
Rechazaba las
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insinuaciones, las invitaciones y hasta propuestas francas y
abiertas de los hombres que buscaban sus favores amorosos o satisfacer en el
armonioso cuerpo de la bailarina sus apetitos sexuales.
A la negativa tenaz se debió quizás el rumor no comprobado,
pero tampoco desmentido, de que María de los Ángeles había optado por relevar
su frustrado romance con Perico Barilla a través de un camino contra natura con
"La Mella Lorena", Claudina "La Caimana", Josefa González
"La Ojito", "La Tutancama" y "La Mata'eplátano', entre
otras mujeres con las que habitó en humildes viviendas en Montería y Cereté, en
el transcurso de los años.
Las angustias reprimidas crearon durante una larga temporada
a una mujer de doble personalidad. Una, la María Barilla que, en la soledad de
la alcoba, oculta de todos, lloraba impotente su problema de madre frustrada,
de mujer herida por el hombre que amaba, de mujer dudosa de sus condiciones
femeninas y que no encontraba solución a su problema.
Y la otra María Barilla alegre, extrovertida, amable,
cariñosa, humanitaria en tal medida que era capaz de suspender la esencia de su
vida -un fandango- para atender un enfermo o trasladarse a una casa en donde
requirieran una ayuda durante varios días por la misma razón. Era la María Barilla
que se introducía en la danza tanto en las salas de baile como de los
fandangos, sin que mostrara cansancio por muy larga y extenuante que fuera la
fiesta.
103
Pero a todo mal, por muy grave que sea, le llega su cura,
aun cuando esta sea la muerte. María Barrilla encontró al fin, en una madrugada
calurosa y en la que amenazaba lluvia, después de una larga noche de cavilaciones,
la respuesta. Entendió que no podía vivir en esas condiciones. Perico Barilla
en sus frustraciones de hombre que no quería o no podía engendrar un hijo,
quizás por haber perdido el primero, no podía ni debía gravitar sobre su
conciencia.
Algo le dijo que, si Perico Barilla había pasado por su vida
para desertar en el momento menos indicado, tenía que considerarlo como algo
accidental. Si un poco después de la fuga, decidió rendirle tributo de amor
adoptando para sí su apellido, como si fuera el del padre que también desertó
cobardemente, fue por el amor que hasta el último instante de su vida llevaría
en el más arcano sitio de su corazón, sin imaginar que ya en ese momento
conducía el apellido de su hombre a sitio privilegiado de una historia que sin
saberlo estaban escribiendo.
Repentinamente, explosivamente, a semejanza de sus abuelos
cuando salieron de la Sabana para el Sinú, como su madre Evangelina al irse
para Montería, como su propia elección de Perico Barilla para entregarle las
primicias de sus besos, de su cuerpo, de su sexo y de su corazón, o al
abandonar a Montería huyéndole al qué dirán, así decidió cortar las ligaduras
sentimentales que la ataban a Perico.
Seguiría amándole, pero le demostraría, en donde quiera que
se hallase, que ella era una mujer capaz de acoger
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en su vientre la semilla para germinar la vida y prolongar
su propia existencia. Perico la abandonó por creerse incapaz de engendrar, o
peor aún, creyendo que ella no podía entregar los frutos del amor. Todo su
orgullo salió a flote y se sintió mujer en todo el sentido de la palabra y se
propuso buscar a un hombre para probarlo. Perico Barilla conoció toda su
capacidad de hembra, pero ahora, gritó mentalmente: ¡Debo ser madre!
Intempestivamente inició un idilio con Antonio Fuentes, un
humilde machetero que quizás por sus condiciones no osó antes cortejar a la
reina de las fiestas, asediada permanentemente por ganaderos, hombres de
negocios, médicos, boticarios, comerciantes de Cereté y de las poblaciones que
visitaba, ávidos de sus favores sexuales.
Se encontraron al terminar la tarde del 19 de marzo en la
plaza principal de Laguneta, mientras las bailadoras se preparaban para
participar en una larga noche de ron y espermas, de porros y cumbias, en una
danza voluptuosa alrededor de la rueda del fandango.
El idilio terminó, tan fugazmente como se inició. El 31 de
diciembre de 1912, María Barilla despidió el año viejo en medio de horribles
dolores y saludó al año nuevo con la dicha de haber parido un hijo, Francisco
Fuentes, que además de cargar con el apellido de Barilla adoptado por su madre,
trajo consigo el bálsamo para enjuagar el alma de su progenitora y borrarle
todos los sinsabores. Pocos notaron, en medio de la algarabía que formaban los
monterianos a las doce de la noche del último día de diciembre, cuando
colocaban al frente de
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sus residencias planchas de zinc, ollas y todo objeto sobre
el cual se pudiera golpear para con el escándalo espantar al viejo año, el
llanto del recién nacido. Fue el único hijo de la más famosa bailarina de
fandangos de la Costa, testimonio de que no fue un mito sino la realidad de una
mujer que nació, vivió y murió bailando porros: María Barilla.
A María no le cabía el orgullo en el cuerpo después del
nacimiento de Francisco, porque con ello demostraba que podía tener los hijos
que quisiera. Pero en el interior de su ser, a semejanza de la luz que se
refleja en el diminuto e insignificante grano de arena, en el fondo de un largo
y oscuro túnel, una especie de dolor y de rencor titilaba en su cerebro, porque
ese hijo no lo había engendrado Perico, su verdadero hombre, y sin quererlo y
sin expresarlo, se juró que nunca más volvería a concebir.
Adoraba a su hijo, pero esa misma luz remotísima en su
cerebro le impedía demostrarlo a plenitud. Evangelina captó desde el primer
momento el mar de incógnitas en que nadaba su hija. Era palpable que ella amaba
a su hijo, pero que lamentaba que no fuera fruto del amor. Que estaba
satisfecha con la demostración de sus capacidades de mujer. Y como si estuviera
sumergida en el cerebro de María, supo su determinación de no volver a parir y
temiendo que el niño sufriera sus angustias maternas, se ofreció para criarlo.
María, que ansiaba regresar a los salones de baile y a las ruedas de los
fandangos y agitar sus caderas al ritmo de los porros, acogió la propuesta y le
entregó al niño.
106
Acabada la purga o cuarentena del parto, María Barilla
volvió a la esencia de su vida, y el dos de marzo se trasladó a San Anterito
para bailar en las fiestas de la Virgen de la Candelaria y ocho días después,
en honor de la misma virgen, a Tres Piedras; el diecinueve a las fiestas de San
José en el pueblo de Canalete y el veinticinco a las de la Anunciación en la
Manta.
Y siguió su vida normal. Unas veces lavando y planchando
ropas, otras sirviendo de enfermera para atender amigos con quebrantos de
salud, acompañando a los familiares de quienes fallecían y otros menesteres.
107-108
CAPITULO XIII
Felicia Cuadrado sabía que, a su madre, María Cleofe
Cuadrado, se les acababa el día a las ocho de la noche. A esa hora, con
innecesario sigilo, se escabullía hacia la plaza chiquita o Plaza de la Cruz,
para apreciar las incidencias del fandango.
En estas escapadas fue conociendo a otras niñas que hacían
lo mismo e instituyeron una cofradía que se acabó cuando la vejez se apoderó de
sus cuerpos. Hubo una característica para todas: sentían muy adentro del
corazón la música de porros. Todas vibraban con el tam tam de los tambores. La
piel se les erizaba, el esqueleto cobraba vida propia y se movía por sí solo,
los pies se desplazaban al son de la música y no pocas veces se sorprendieron
ellas mismas, agarrándose las caderas porque parecían írseles hacia la rueda
del fandango, en donde cuerpos sudorosos de hombres y mujeres, tejían una
maraña de lujuria o una comunión con el universo, bajo un techo de soles cuyos
rayos, tan inconmensurables y remotos, se despojaban de sus rigores para
integrarse a la danza.
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En la oscuridad de la noche se citaban en las esquinas, y
después de mirar por largo rato a las parejas, daban su propio veredicto sobre
cuál hombre o cuál mujer eran los más destacados. La media noche de un
dieciséis de julio, día de la Virgen del Carmen, observaron a una mujer. muy
joven todavía, que danzaba mejor que las demás. Sólo unos diez o doce años las
separaban a ellas con la nueva bailarina, pero de inmediato concluyeron que muy
pocas podrían equiparársele, lo que no habrían de definir nunca por la
diferencia de las edades.
"Las aguas del río van bajando y forman la corriente,
las olas y los remolinos en los acantilados. Pero las primeras son las
primeras", sentenció, hablando por todas, la "china" Garcés.
Con velas imaginarias formaban parejas y hacían su propia
fiesta a un lado del sitio principal para no molestar a nadie ni las molestaran
a ellas, convencidas de que diez años más tarde serían las figuras de los
fandangos, porque pasarían con honores de la ficción de ahora a la realidad.
María Barilla, porque no era otra la joven que llamó la
atención del grupo de niñas las fue conociendo poco a poco y evocaba los
momentos en que, como ellas, también se interesaba por conocer los pormenores
de los bailes y sus secretos. Sintió gran aprecio por las niñas y cuando se
ponían a bailar les señalaba los errores o deficiencias y les recomendaba los
pasos. A ella le había enseñado Evangelina, pero aquellas buscaban aprender por
sí mismas, y se preguntaba si acaso entre este grupo,
110
o en otros similares, de niñas que se escapaban de sus
dormitorios para apreciar las noches de bailes, no saldrían varias que en el
futuro fueran calificadas como reinas de los fandangos.
Trataba de encontrar a la mejor y seguía con interés el
movimiento de las caderas de Felicia Cuadrado, el desplazamiento estilizado de
Agustina Medrano, la alegría de la diminuta Pacha Feria, el mohín que adornaba
aún más la belleza incomparable de Aminta Ballestas, la sencillez y la dulzura
de las dos Marías, María Fabra y María Hernández, la coquetería de Valentina
Pacheco, la seriedad y dedicación de Juana Cobos y Juliana Suarez y la mole de
la "China" Garcés, que parecía atropellar a las demás bailadoras,
pero en verdad se introducía entre todas sin que su voluminoso cuerpo las
rozara.
Nunca quiso darles el veredicto y siempre las animaba a ser
mejores bailadoras. Después de los fandangos y en su propia casa, se preguntaba
cuál de las niñas danzaba mejor pero tampoco osaba dar el fallo. Cada una era
por sí misma una reina de la danza.
Tiempo después, en la misma plaza, apareció una nueva
bailadora a la que llamaban "La Maraca". Se trataba de una mujer de
baja estatura, gorda, aindiada, que adornaba su cuello con una madeja de
cadenas de oro de diferentes grosores y tamaños y que se colocaba varios
anillos con piedras preciosas en cada dedo de las manos y mostraba en la boca
varios dientes enchapados en oro. Presumía de no encontrar rival en las ruedas
de los fandangos.
111
Al repetirse la presunción, a eso de las cuatro de la
madrugada, las miradas enfocaban a María Barilla. Todos esperaban que ella
aceptara lo que se entendía como un reto. María cavilaba el respeto. Sabía que
las mejores bailadoras evitaban los retos para no enredarse en competencias sin
sentido. El objeto era gozar la fiesta, sin alardes.
Cuando María iba a rechazar el reto planteado por "La
Maraca", apareció Felicia Cuadrado por la esquina de la calle diecisiete
con carrera siete, llevando sobre la cabeza una palangana llena de objetos, en
la mano izquierda una olla de aluminio y en la derecha apretaba la mano de un
niño casi dormido que antes que caminar era arrastrado por ella.
Ambas habían alternado en los fandangos de Montería y por
ello sabía que se trataba de una buena bailadora. Con el paso de los años se
hicieron amigas, pero Felicia tenía en ese momento como tres o cuatro años de
no frecuentar las fiestas.
Uno de los hombres la conoció en la oscuridad de la
madrugada, la grito para llamarle la atención y después de darle las
explicaciones pertinentes, ella aceptó el reto, aclarando que lo hacía
"sólo para demostrarle a esta jovencita de que tiene que vivir varios años
debajo de mi falda para que pueda aprender a bailar fandango".
A Felicia Cuadrado ya no le atraía el fandango. Desde mucho tiempo antes lo había omitido para dedicarse a levantar a sus cuatro hijos y ahora a los nietos.
A Felicia Cuadrado ya no le atraía el fandango. Desde mucho tiempo antes lo había omitido para dedicarse a levantar a sus cuatro hijos y ahora a los nietos.
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Sin embargo, exigió que la competencia se hiciera con una
olla de agua caliente en la cabeza y a la que le cayera una gota, no sólo
perdía, sino que se le quemaba la piel. "Para que no siga hablando
basura", dijo en voz alta para que todos la escucharan, pero eran palabras
dirigidas a la imprudente retadora.
Las apuestas iban y venían, mientras calentaban dos ollitas
con agua. La bulla por el duelo y las apuestas despertaron al vecindario de la
plaza y Valentina Pacheco que vivía en una de las esquinas de esta, la
"China" Garcés que vivía en la otra y Aminta Ballestas trente a donde
se hada la rueda del fandango formaron el corro con María y Felicia para
comentar la singularidad del acto. Como siempre, la "China" se
encargó de hablar por las demás y lanzando su risa de niña, le dijo a Felicia
que cuando terminara le diera un poquito de agua tibia para darse un baño de
asiento, lo que originó una carcajada general a la par que "La
Maraca" encajaba las mandíbulas.
Felicia pidió a la banda que interpretara el porro "El
Sapo", enrolló una toalla entre sus manos y cuando hizo un rodete se lo
colocó en la cabeza, se agachó y solicitó que le colocaran la ollita de agua
caliente que le correspondía y comenzó a danzar.
Fue algo fascinante, como si fuerzas extrañas se hubieran
apoderado de la cintura de la delgada mujer, tal la concatenación de
movimientos diabólicos y divinos que se desplazaba por la rueda agitando el
cuerpo desde la cintura a los pies, mientras que de esta hacia arriba, sólo
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el movimiento del brazo derecho haciendo figuras con las
luces del paquete de velas, le quitaban al resto la semejanza a una estatua.
Cuando dio la primera vuelta y llegó al frente de María Barilla,
le guiñó un ojo y ésta miró hacia el lugar en donde "La Maraca"
seguía, estupefacta y con los ojos abiertos de la sorpresa, la terrible danza
de Felicia, porque no había imaginado que pudiera bailarse así y al alardear
con su reto sólo pensó en el vaso de agua, lo que practicaba con frecuencia,
pero nunca en una olla con agua hirviente, poniendo en peligro la vida de la
bailadora.
María Barilla evocó lejanas noches de fiestas en Severá y
Caño Viejo Palotal, en las que, para ensayar cosas nuevas y no como reto entre
ellas (porque María era una mujer madura y Felicia estaba entonces en plena
juventud) bailaron en las mismas condiciones. Determinó que la retadora no
saltaría al ruedo e invitó a que le colocaran la otra ollita de agua que seguía
sobre el fuego y poniéndose a cierta distancia de Felicia comenzó su propia
danza, como si también un poder misterioso se le hubiera metido entre las faldas,
para conformar con la otra mujer un mismo agitar de caderas, un movimiento
unísono e increíble, que no verían jamás en otras noches de fandangos.
Cuando la banda del maestro Ladeo finalizó su
interpretación, hasta los que perdieron las apuestas rodearon a las bailarinas
y éstas se abrazaron llenas de júbilo. Felicia tomó su palangana y su nieto y
siguió para el mercado como si lo que acababa de ocurrir fuera algo insignificante
en su vida.
114
CAPITULO XIV
El cortejo seguía lentamente la marcha mientras la banda del
maestro Ladeo ejecutaba el porro "Domingo Berrocal". El silencio del
cortejo y la estridencia de los instrumentos formaban un contraste que
provocaba comentarios entre los que, desde las aceras, observaban el desfile.
Para María Barilla cada uno de los acordes de la banda de
músicos se convertía en una bofetada. Ella, la reina de los fandangos, famosa
por el revoloteo de sus caderas, se desplazaba ahora con la mayor lentitud y un
rosario en las manos. Las cuentas pasaban entre sus dedos tratando de acallar
la estridencia de las trompetas, el golpe del tambor, el repiquetear del
redoblante, el estallido de los platillos y el lamento del bombardino del que
no sabía si invitaba a bailar o a llorar. Ella continuaba rezando el rosario y
las letanías mientras sus ojos no podían contener las lágrimas por el amigo y
amante desaparecido.
Y mientras rezaba las oraciones, su pensamiento se
trasladaba a otras partes, a otros tiempos y a otros momentos.
115
"Señor, ten misericordia de nosotros
Cristo, ten misericordia de nosotros
Cristo, óyenos
Cristo, escúchanos
Dios, padre celestial
ten misericordia de nosotros".
Con él, con Domingo Berrocal, danzó el porro que ejecutaba
la banda en varias plazas en noches de fiestas. No podía precisar el número de
noches que bailaron juntos desde la primera pieza musical hasta la última o
hasta que ellos mismos decidían que era suficiente.
"Dios hijo, redentor del mundo,
ten misericordia de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten misericordia de nosotros".
Fue Domingo Berrocal el hombre que la asedió cuando siendo
una niña, llegó a la hacienda Las Majaguas. Era uno de los más jóvenes hijos
del propietario de la hacienda, enamoradizo, galán incansable, alcanzó la fama
de mujeriego por el número de mujeres que llevó a la cama y que cuando se
ponían a contarlas ya no alcanzaba a recordarlas a todas.
"Santísima Trinidad, que eres un solo
Dios, ten misericordia de nosotros.
Santa María, ruega por nosotros
Santa Madre de Dios
Santa Virgen de las Vírgenes".
116
Fue Domingo Berrocal el amigo que intentó convencer a Perico
Sarilla, para que no volviera a la trocha y la dejara a ella abandonada,
pensando quizás que el amor entre ellos se encontraba amenazado y que podía
apagarse.
"Madre de Cristo
Madre de la Divina Gracia
Madre Purísima, ruega por nosotros
Madre Castísima, ruega por nosotros".
Fue Domingo Berrocal el amigo que le ofreció a quien fuera
el hombre de sus sueños, un trabajo mejor remunerado y sin tantos sinsabores,
para que no regresara a la trocha, para que no dejara apagar la llama del amor.
"Madre sin mancha, ruega por nosotros
Madre que has permanecido virgen,
ruega por nosotros".
Sí, bailaron muchas veces el porro que le habían compuesto
al hombre parrandero, al hombre mujeriego, al hombre generoso, pero ahora
Domingo Berrocal no lo escuchaba y ella no quería tampoco entretener sus
pensamientos con la música.
"Madre Inmaculada, ruega por nosotros
Madre amable, ruega por nosotros
Madre Admirable, ruega por nosotros".
El hombre no escuchaba su porro, su alegre porro, porque
ahora viajaba en hombros de sus amigos y por última vez, por las calles de su
pueblo, rumbo al cementerio.
117
"Madre del buen consejo
Madre del Creador
Madre del Salvador
Madre de la iglesia".
Domingo Berrocal fue su sostén cuando Perico desapareció en
la trocha y no regresó a Montería. Sin exigencias, ni siquiera insinuaciones,
la ayudó a resolver muchos problemas, especialmente los económicos. No era el
poder del dinero, no era la facilidad de obtenerlo, tampoco la cantidad que
poseía lo que le permitía ayudar a los más necesitados. Estaba convencida de
que Domingo Berrocal fue un hombre generoso.
"Virgen prudentísima
Virgen digna de veneración
Virgen digna de alabanza
Virgen poderosa, ruega por nosotros
Virgen clementísima, ruega por nosotros".
Por eso, en una noche que ya no recordaba, buscó la manera
de irse a la cama con él. Así, sencillamente, sin explicaciones, se fueron a la
cama. Consideró que su actitud impensada fue una reacción de agradecimiento a
quien tanto la había ayudado.
"Virgen fiel, ruega por nosotros
Espejo de la Santidad
Trono de la Sabiduría
Causa de nuestra alegría
Morada del Espíritu Santo
Morada digna de gloria".
118
Pero, sobre todo, pensó, era que ella lo deseaba y él la estaba
esperando. Hicieron el amor, no con los mismos bríos con que ella y Perico lo
hicieron, pero de tal manera, que domingo no dejó nunca escapar las
oportunidades que ella le brindaba. Quizás si lo hubieran hecho dos o tres años
antes, habrían terminado siendo marido y mujer.
"Morada del todo consagrada a
Dios Rosa mística, ruega por nosotros
Torre de David Torre de marfil
Casa de oro, ruega por nosotros".
Varias veces le dijo que él era uno de los convencidos de lo
que se afirmaba en el pueblo. Que María Sarilla "no es presa para
cualquier perro" y quizás por eso se sentía halagado cuando era ella la
que abría con agrado las puertas de sus delicias.
"Arca de la Nueva Alianza
Puerta del Cielo
Estrella matutina, ruega por nosotros
Salud de los enfermos
Refugio de los pecadores".
Continuaba rezando y pasando las cuentas del rosario
mientras evocaba todos esos aspectos de su vida y al mismo tiempo tratando de
ignorar el repiqueteo de las baquetas sobre el cuero del redoblante o de la
porra sobre el bombo.
119
"Consuelo de los afligidos
Auxilio de los cristianos
Reina de los ángeles, ruega por nosotros
Reina de los Patriarcas
Reina de los Profetas".
Por primera vez en su vida, ni la percusión ni mucho menos
el sonido de las trompetas, el bombardino y los clarinetes, la conmovieron.
Parecían ser ruidos diferentes, no aquellos que la enardecían cualquiera que
fuera el lugar donde se encontrara
"Reina de los
apóstoles
Reina de los Mártires
Reina de los confesores
Reina de las vírgenes".
Ningún otro hombre recibiría el testimonio de su dolor y de
sus lágrimas. Ni siquiera Perico, si aparecía algún día a su lado, por cuanto
todo su dolor y todas sus lágrimas destinadas a él ya las había derramado.
"Reina de todos los santos
Reina concebida sin mancha del pecado original.
Reina elevada a los cielos, ruega por nosotros.
Reina del Santísimo Rosario
Reina de la Paz".
No supo cuándo llegaron al cementerio y por ello continuó
rezando el rosario que ya estaba para terminar, mientras seguía con cierta
indiferencia la ceremonia fúnebre.
120
"Ruega por nosotros,
Santa madre de Dios
Para que nos hagamos dignos de las promesas de
Jesucristo".
Tomó una rosa roja, la llevó a sus labios y le dio un beso,
la regó con sus lágrimas mientras decía:
"Concédele, Señor y Dios nuestro, a tu siervo Domingo
Berrocal, gozar perpetua salud de alma, y por la gloriosa intercesión de la
bienaventurada siempre Virgen María, llévalo a gozar de las eternas alegrías.
Por nuestro señor Jesucristo, amen".
Lanzó la rosa sobre el ataúd, dio la vuelta y salió del
camposanto primero que todos los que acompañaron el féretro, dirigiéndose a su
casa a derramar, en la soledad de la alcoba, las lágrimas que aún quedaban de
su dolor.
María salía de su casa en las últimas horas de la tarde, con
el propósito de tomar aire fresco en la avenida "20 de Julio", una
vía que se iniciaba en la calle Granada, con doble calzada, por la cual se
deslizaban elegantemente los coches de los médicos Méndez y Murillo; el de los
comerciantes de apellido Puche, el de Joaquín Díaz y otros más, para terminar
en la Calle del Coco, y desde allí, con una sola calzada, hasta un poco más
allá de los salones El Bataclán y Bolívar, para finalizar frente a la arrocera
de don Jorge Chebel.
Vivía en una humilde casita de techo pajizo y paredes de
madera de balsa, localizada entre la Calle del Coco y el Callejón de la Pola.
Allí comenzó su intensa pasión
121
con Perico que luego la abandonó en ese mismo lugar; de allí
se fue huyéndole al qué dirán, pero regresó cuando en Cereté demostró que como
mujer podía ser madre.
Profesaba un cariño muy especial a la rústica vivienda,
porque con sus manos tapó todas las rendijas entre las balsas, para que no
penetraran las miradas curiosas e indiscretas ni el aire.
La avenida "20 de Julio" bordeaba el río y contaba
con gran número de corpulentos y frondosos árboles, muchos de ellos frutales, y
en el medio una bonga centenaria, que atrapaban en sus ramas el viento del río
y lo repartían en el ambiente y en los cuerpos de los que por allí deambulaban,
reduciendo el fogaje asfixiante.
Un partero santandereano, calificado como médico y después
señalado como general de una guerra que nunca peleó, Jorge Ramírez Arjona, como
para demostrar de lo que era capaz de hacer si lo elegían presidente de la
República, reconstruyó la avenida y la adornó con jardines y faroles, además de
un majestuoso e incomparable monumento a la bandera, lo que hacía más agradable
aún buscar en ella refresco, reposo y refugio. Los monterianos prefirieron
tildarlo de loco antes que agradecerle con sus votos el valioso aporte.
María, como la mayoría de los quince mil habitantes del
poblado, también buscaba en la avenida un momento de reposo y muchas veces,
mientras se iniciaba el baile cantao,
el baile de macho o el fandango, esperaba por allí, atesorando vientos frescos
para soportar las ardorosas
122
noches de danzas. Entre las raíces prominentes de la bonga,
sobre las cuales entregó las primicias de su ser a Perico Barilla, meditaba
sobre distintos tópicos de su vida y de la de Montería.
Por ejemplo, concluía que las fiestas eran inagotables.
Unas, las organizaban los propietarios de los ambulantes, otras los estibadores. Aquellas los marineros, éstas
los areneros, los bogas de las canoas y de las balsas que bajaban el río con
enormes cargamentos de madera, plátanos, ñames y otros productos de la región.
En otras tardes se dirigía a observar los trabajos de
construcción de la muralla que servía de puerto y de defensa de las impetuosas
embestidas del río Sinú, en el tramo entre las calles de Biroca y del Ganado,
por donde generalmente se desbordaba, causando daños a las familias humildes
que por estos lugares habitaban.
Ignorante de temas técnicos, miraba, como siempre lo hizo,
aparentemente interesada, a los ojos del ingeniero Víctor Tribiño, mientras
éste le explicaba cómo avanzaban las obras y el beneficio que la muralla
traería para todos. En otras ocasiones se hundía en sus propios pensamientos
mientras miraba cómo, irremediablemente, la enorme pesa de hierro del martinete
subía y bajaba vertiginosamente para caer en la cabeza de largos postes de
hierro y cemento para hundirlos profundamente en el fondo del río y después
tomarlos como bases del resto de las obras.
Cavilaba sobre esos golpes y los asimilaba a su propia
123
situación, para concluir que ella fue el poste que con su
abandono hundió en lo más profundo el duro golpe del olvido de Perico Barilla.
En otras vespertinas, se iba a la bonga y trataba de entender cómo un árbol
podía guardar tantos secretos, incluyendo los de ella. "Si esta bonga
tuviera sensaciones, habría gozado la entrega de mi cuerpo", pensó, y
trayendo a la memoria las antiguas versiones, dirigía la mano para tocar la
dura y gruesa corteza de la bonga, como para comprobar si podía sentir las
emociones del vegetal.
En una de esas tardes, buscó calladamente la rama desde la
cual colgaron la jaula con la cabeza del alcalde José de la Cruz Gómez,
decapitado en 1812 en la hoy Plaza de Bolívar, acusado de que, a pesar de ser
español y representante del gobierno colonial, le dio auxilio a generales y
soldados patriotas que pasaron por el poblado, y creyó percibir un
estremecimiento de horror del árbol y hasta un ligero olor nauseabundo, proveniente
de la rama desde donde descolgaron la jaula cuando ya nadie podía soportarlo,
para llevar la cabeza finalmente donde estaba sepultado el resto del cuerpo.
Y también creyó escuchar la descarga cerrada contra las
espaldas de los patriotas Capitán Felipe Madrid, Capitán Juan Nepomuceno Jugo y
del coronel Otero, exgobernador de los Llanos Orientales, capturados cuando
huían hacia el alto Sinú después de la denigrante derrota de las fuerzas
republicanas en la batalla de Chimá. Sí, la bonga guardaba esos y muchos otros
secretos; pero María Barilla consideraba que se requerían dones muy especiales
para comunicarse con el árbol y conocer así los dramas y
124
las historias que envolvieron la vida de muchos monterianos.
María Barilla pasó, años más tarde, a vivir en una
habitación localizada entre los callejones "20 de Julio" y "de
la Torre y Miranda" con la calle La Esperanza, que le arrendó doña Trini
Vega, a escasos diez pasos de la avenida "20 de Julio".
Cuando salía de la habitación en las últimas horas de la
tarde, pasaba primero al negocio-habitación de María Macho. Allí se detenía por lo menos media hora, para comentar
con María Macho algunos aconteceres del poblado. Discreta, nunca le preguntó
las razones para que siendo mujer y teniendo una hija, se obstinara en vestir
con saco y pantalón de lino blanco, camisa y corbata, zapatos y sombrero; todas
piezas de la vestimenta de los hombres, por lo que cuando se proyectaba a la
distancia, quien no la conocía estimaba que se trataba de un hombre fornido, blanco
y alto. Así era la mujer que sólo le conocían el nombre de María y apelativo de
Macho, y si fue lesbiana, sólo la intimidad de su alcoba podía dar cuenta de
ello, porque nunca se le vio en actividades dudosas y su única compañera era su
propia hija.
125-126
CAPÍTULO XV
La laboriosidad de los hombres de la costa es, sin necesidad
de polémicas, algo digno de resaltar. El ambiente húmedo y sofocante, el sol
canicular que se abate sobre la humanidad de los costeños, los obliga a salir a
cumplir las faenas del campo antes que cualquier otro campesino del país. De
cuatro de la madrugada hasta la dos de la tarde, diez horas continuas, ponen a
prueba su capacidad de trabajo, su entrega en las labores del agro.
Y esas desfavorables condiciones climáticas, por lo menos en
Sabana y el Sinú, debían aprovecharlas los campesinos para garantizar el éxito
en sus cultivos, en la cría y levante del ganado y otros menesteres
productivos. Desde el primero de noviembre, cuando los cultivos comenzaban a
madurar hasta el Sábado de Gloria, día final de la Semana Santa, cada poblado,
por minúsculo que fuera, realizaba sus fiestas al menos por un día.
En el lapso siguiente, todos se dedicaban al trabajo. En la
temporada de dura brega, unos siete meses, adquirían importancia los salones de
baile. En Montería, el Bolívar
127
y El Bataclán, que desaparecieron cuando la zona de
tolerancia pasó a la carrera diez, pero cuyas ruinosas instalaciones y grandes
albercas sirvieron a los del barrio Pueblo Pescao tres décadas más tarde; a esos
salones llegaba María Barilla, no como meretriz, sino sólo para tener el placer
de bailar. Los pobres y los campesinos no tenían la capacidad económica para
frecuentar esos sitios y por ello los contertulios eran los potentados,
especialmente los médicos que, por alguna circunstancia, eran los más asiduos
para derrochar en ellos parte de sus ingresos y de sus bienes.
María Barilla conocía a todos los que frecuentaban el
Bolívar y El Bataclán, como también ellos la conocían. Ella les lavaba la ropa,
otros llegaron a gozar de sus favores sexuales, pero a ninguno vendió su
cuerpo, porque siempre siguió al pie de la letra las recomendaciones de
Evangelina, y cuando se entregaba nunca hacía exigencias monetarias. Fueron los
hombres agradecidos los que se preocuparon de ese aspecto. Tampoco ingería
licores.
Para ella carecía de importancia el dinero y no fue nunca
asunto que la preocupara. A esto se atribuyó el incidente entre la famosa
bailarina y un médico monteriano al que le erigieron un busto y le construyeron
un parque para rendirle honores estando vivo. Una noche de junio, luego de un
fuerte aguacero sobre el poblado, y cuando todo parecía condenado al silencio,
se presentaron los médicos acompañados de sus más valiosos colaboradores como
lo eran los boticarios Numa Rodríguez y Gilberto Gómez, a quien llamaban
Gilbertico, todos ellos llenos de juventud y de bríos, con los corazones
rebosantes
128
de alegría y predispuestos a la fiesta. María bailó con
ellos, pero al amanecer, en lo que parecía una obsesión, una ceremonia común,
uno de los médicos le ofreció una determinada suma de dinero para que bailara
con él el llamado "baile de la pluma".
Este baile consistía en que tanto los hombres como las
mujeres se desnudaban en el salón y se colocaban en el ano una pluma,
preferentemente de pavo. Después que todos estaban preparados, comenzaba la
música y perdía la pareja a la que, a uno cualquiera de los dos, se le cayera
la pluma. El médico solía practicar este baile para determinar quién pagaba la
juerga. Todo el licor consumido, las viandas deglutidas, las propinas a los
cantineros, meseros, cocheros, y hasta los servicios carnales de las damiselas
que los habían acompañado, quedaban a expensas de la fuerza de los esfínteres.
María Barilla no era mujer vulgar. Cierto que frecuentaba
salones en los que residían mujeres de las llamadas de vida horizontal. Pero su
pulcritud rayaba en la mojigatería. A tal punto que, en los salones o en los
fandangos, salía por unos momentos tres o cuatro veces en las noches para
lavarse el cuerpo y cambiarse el vestido. Su charla era cuidadosa, aun con las
restricciones del iletrado. Nunca gritaba ni jamás la vieron manifestar su
desagrado por alguna cuestión que no le caía bien. Nunca discutió ni con
mujeres ni con hombres.
Con mirada neutral, de esas que nada dicen, miró al médico y
le dijo: "Jamás participaré en un baile tan vulgar como el que me propone,
pero tampoco nunca más
129
bailaré con usted", y salió ofendida del salón. Tiempo
después, en una ceremonia pública, María Barilla dejó en ridículo al médico,
que había apostado, sin informárselo, que mediante una buena y jugosa suma de
dinero, bailaría con ella ante todos los monterianos.
María, delante de los asistentes, le respondió en voz alta y
para que todos la oyeran, que por ninguna suma de dinero danzaría con él.
Todos, especialmente las mujeres, quedaron estupefactos, porque consideraban
que ese era un honor que habría sido aceptado gratuitamente por cualquier
mujer, habida cuenta del prestigio del galeno en la comunidad.
Un cuarto de siglo más adelante, desaparecidos ambos
personajes, el escribidor de la Plaza de la Cruz, mirando el busto verdinegro,
frío, ciego, encima del caprichoso pedestal, dijo:
"Estatua le hicieron estando vivo
Pero el destino es destino
y a la hora de la muerte
ensalzado a la fuerza
se confundió la loa
de Maral en la emisora
con el anuncio del veneno
que no dejaba insecto vivo.
Hubo reclamos, hubo quejas,
del "pueblo" enfurecido
por boca de sus "voceros",
y en el cementerio,
con acento adolorido,
130
el alcalde, los políticos,
el ganadero y sus vaqueros,
todos a una fijaron su criterio
¡Fue un santo!
Pero yo que lo vide
En las noches hermosasy
cuando el día era noche
Y la noche día,
En los salones del bataclán
Y en la pista de Cocodrilo
Con todo respeto digo:
No debe ser busto
Sino estatua de cuerpo enteros
Y una pluma en la vena del… gusto
131-132
CAPITULO XVI
Cuando se levantó de la cama sintió algo raro en el cuerpo.
Venía observando que inmediatamente caía el sol de la tarde, una sensación de
frío la arropaba, pese al sofocante calor. Sus paseos por la avenida "20
de Julio" se le estaban convirtiendo en un problema, ya que una tos
persistente la atacaba. En los primeros días y pensando que se trataba de una
gripe, salía con una papeleta de sal para cuando aparecían los accesos de tos
arrojarse algunos granos a la garganta, que al principio la aliviaban, pero tenía
la impresión de que el alivio era pasajero y que algo más fuerte que un catarro
le producía los repentinos ataques.
Esa misma mañana subió a la tarima de la letrina y expulsó
los excrementos, pero una vaharada fétida le golpeó la nariz. Miró hacia abajo
por la boca del redondo y profundo hueco y pensó que quizás una ráfaga de aire
había penetrado y removido los vapores lanzándolos hacia arriba, con tanta
fuerza, que le llegaron a la cara y la obligaron a taparse la nariz.
La preocupó la fetidez que nunca había percibido,
133
ni siquiera cuando por el exceso de lluvias el suelo se
reblandecía y la asquerosa masa de excrementos subía de tal manera que
amenazaba con salirse por la boca de la letrina. La bacinilla la usaba sólo
para orinar cuando le daban ganas mientras dormía, pero consideró necesario
cumplir en el vaso de noche todos sus requerimientos fisiológicos para
establecer si el mal olor provenía del fondo de la letrina o si era ella la que
tenía las entrañas podridas.
Los ajetreos de los
días siguientes le borraron de la memoria el asunto y sólo cuando el mal olor,
como un ramalazo, le golpeaba la nariz, volvía a repetirse el compromiso. Las
bascas le removían el estómago y estuvo a punto de vomitar, pero estaba
convencida de que algo en su interior se resentía cuando hacía esfuerzos para
vomitar sin conseguirlo. Para acabar con la angustiosa duda, llegó el día en
que se quedó en el cuarto, sobre la bacinilla de peltre decorada de flores
rojas y azules y rayas moradas y amarillas, en medio de una franja que daba
vueltas a la vasija.
Pensó que no debía hacer mucha fuerza para no imitar a
Pelleja Cuadrado, que a las cuatro de la madrugada despertaba y hacía levantar,
como el canto del gallo, a todo el vecindario con el ruido de las ventosidades
que se multiplicaban varias veces en el interior de la bacinilla. El mal olor
le borró de la mente los pensamientos y le quitó las ganas de seguir evacuando
los intestinos. Dentro de ella algo estaba podrido. No sabía qué mal le
afligía, pero esa fetidez era una señal de que algo en el interior de su cuerpo
estaba dañado.
134
A las ocho de la mañana se dirigió a la botica de Numa
Rodríguez, a quien le habló sólo de las fiebres y los accesos de tos en las
tardes. Numa le recomendó visitar a los médicos Miguel R. Méndez, Alejandro
Giraldo y Tomás Caraballo, pero ella le prometió hacerlo sólo si los malestares
continuaban, por lo que el boticario le preparó un frasco con un jarabe, para
que se aplicara en la garganta tres veces al día, con un palillo largo en una
de cuyas puntas debía enrollar un pedazo de algodón, además de venderle una
cajetica de mentolín que debía aplicarse en las fosas nasales, así como darse
fricciones en pecho y espalda.
Un mes después visitó al otro boticario, Gilberto Gómez,
quien también le insistió que sólo los médicos debían formularle las medicinas
luego de los exámenes y de analizar cuál era el motivo de las dolencias. El
boticario, que la estimaba mucho, luego de pedirle que visitara a un médico
joven y recién llegado de Cartagena, Abraham Pupo Villa, le recetó una píldora
del doctor Ross antes de cada comida, por estimar que el mal podría originarse
en los problemas comunes de las mujeres, además de cuatro sobres de pastas
"O.K. Gómez Plata", para ser ingeridas con limonada caliente, durante
los cuatro días siguientes, al momento de acostarse.
Pero el mal continuaba su marcha. En varios puntos del
cuerpo le aparecieron manchas negras; el rostro, el cuello y los brazos,
adquirían un tinte amarillo verdoso. Se miraba con frecuencia en el espejo y se
angustiaba cada día al ver que la piel se le ponía cetrina, como si fuera una
iguana, por lo que comenzó a colocarse una
135
discreta capa de achiote, que se restregaba con un pedazo de
tela de algodón por la frente, las sienes, los pómulos, la barbilla, así como
también desde el codo hasta las manos. Con esto pretendía evitar que se notara
que se estaba convirtiendo en iguana.
No quería ser objeto de comentarios y por eso bailaba con más
empeño, reía con más fuerza, se chanceaba con mayor frecuencia con sus
compañeras y amigos, y si había sido parca en asuntos de sexo, después de
descubrir las manchas, los borró totalmente de su mente porque temía que en una
faena sexual le notaran las manchas o le diera un ataque de tos que revelara el
mal que la agobiaba.
La enfermedad seguía minándola lentamente. Una media noche
salió corriendo desde la rueda de un fandango en San Pelayo. Se ahogaba por
tratar de aguantar el ataque de tos, que se tomaba más doloroso a medida que
pasaba el tiempo.
Llegó precipitadamente a la orilla del río y como pudo bajó
por la barranca hasta el lado de una canoa, se apoyó sobre la patilla de la
rústica embarcación, y tomó uno de los pollerines con el que se tapó la cara y
comenzó a toser. No supo cuánto tiempo estuvo tosiendo. Pasada la crisis se
secó las lágrimas y se lavó la boca con agua del río. A la luz de la luna
observó una mancha rojiza sobre las manos, que atribuyó al achiote que se había
desprendido de la piel al roce con el agua.
La dolorosa realidad la comprobó enseguida, cuando al
136
extender la falda sobre el pollerín, encontró gruesas
manchas verdirrojas. En el claroscuro de la noche las examinó y comprobó que se
trataba de manchas de sangre y una pasta pegajosa, como moco, de muy mal olor.
¡Su sangre! Había tratado de apartar de la mente la realidad que ahora
comprobaba. Una sospecha sin embargo le rondaba por la mente desde que empezó a
sentir dolores al expeler el aire y de la persistencia de la tos sin gripe, las
fiebres vespertinas que en un principio consideró como paludismo, pero que
descartó cuando le comenzaron los ataques de asma y la piel fue perdiendo el
matiz acanelado original por un desagradable amarillo verdoso, como el de las
iguanas. Ni más ni menos concluyó: ¡Estaba tuberculosa!
Llegar a la verdad le hizo perder la noción del tiempo y
allí, a la orilla del río Sinú, el río que sus abuelos maternos no alcanzaron a
conocer, el río que la entretenía en la tarde al término de duras y agotadoras
jornadas de trabajo, el río que se detenía en las playas para verla danzar en
los fandangos playeros y se retiraba pudoroso cuando la fiesta era sólo un
baile de macho y seguía ruborizado su tránsito indefectible hacia el mar. El
río que consideraba su amigo y en el que introducía placenteramente su cuerpo
desnudo buscando en la corriente mitigar el cansancio de una larga noche de
danzas. Allí la sorprendió la aurora.
Ni siquiera escuchó el canto de los gallos a las tres de la
madrugada, anunciándole a los campesinos que el sol viene en camino y deben
aprestarse a iniciar la jornada
137
en la parcela. Las risas y el parloteo de sus amigas que
venían hacia el río a bañarse la sacaron de su ensimismamiento y la ubicaron
nuevamente en la realidad del entorno. Escondió sus cavilaciones y dolores, se
quitó la ropa y, dejando bien abajo el pollerín manchado de sangre entre el
bulto de sus ropas, se metió en el agua para emerger cuando ya sus compañeras
bajaban por la barranca hacia la canoa que la protegía de la impetuosidad de la
corriente. Para ellas, María había abandonado la fiesta casi a la media noche
para atender un encuentro de amor.
En la medida en que el tiempo avanzaba, la enfermedad era
menos tolerante. Algunas amigas presenciaron repentinos ataques de tos, pero
María, manteniendo a la mano un pañuelo rojo de los llamado raboegallo,
disimulaba los esputos de sangre que, con una fétida capa de moco amarillento,
expulsaba dolorosamente.
Llegaron las fiestas del 20 de enero de 1940. Como todos los
años, los campesinos de todas las condiciones, ricos, acomodados y pobres, a
manera de romería, se venían para Montería con sus familias y las recuas de
caballos, mulos y asnos cargados de maíz, arroz, ajonjolí, ipecacuana y otros
productos del agro. Traían también hermosos novillos, prolíficas vacas, cerdos
a los que no les cabía una gota de manteca, así como artículos artesanías para
vender y adquirir la ropa para toda la familia, las drogas que se requerían en
la soledad y lejanía de las montañas y muchos otros menesteres.
El 20 de enero era la temporada para visitar a los familiares,
138
a los amigos, para sacarse las piezas dentales que con sus
dolores no dejaban dormir en las oscuras noches entre la selva, para examinarse
las dolencias que ya no se aliviaban con los remedios caseros, para motilarse
en la barbería de Dionisio Caré, para adquirir los aperos y las sillas donde
Medardo Olascoaga, para llevar al curtiembre de Arturo Pérez las pieles de los
vacunos y de los tigrillos, dantas y venados, para tomarse las fotografías del
recuerdo en la Foto Leika de Ramón Vargas, para canjear con el viejo Antonio
"El Niño" Navarro, las pieles por ajos y cebollas, para beberse unos
frescos de kola y leche en la mesa de Bercelio, unos tragos en los ambulantes
de Emeterio Suarez, Andrés Pérez, Próspero Ibarra o el cachaco Villa, admirar a
los jugadores de billar y de buchácara en el club Fadul, irse al Teatro Roxy,
cuando se tenían ínfulas de nobleza, al Naín si se consideraba de clase media o
al Variedades, si se era sencillo o pobre a ver las películas mejicanas o allí
mismo deleitarse con la música del último momento que brotaba de una inmensa
bocina metálica que se oía hasta en Sierra Chiquita como si estuviera pegada al
oído con las voces melancólicas de Antonio Badú o Emilio Tuero cantando su
pobreza por vivir en el quinto patio, o Jorge Negrete diciendo que era el más
macho de todos o riéndose por el doble sentido de la muchacha a la que San
Pedro le rompió la mucurita de agua o aquella alegre canción que dice, que cómo
se viene la pava en busca de su pavito.
María Barilla, eufórica, recibía a varias familias
campesinas que la distinguían con su amistad. Venían de lo profundo de la selva
de localidades como Las Platas,
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Umbito y El Carmelo en la región de Mulatos. Otras de las
selvas del Alto Sinú, como de Callejas, Tierralta, Tucurá y Valencia. Aquellos
del Alto San Jorge, como Uré, Puerto Libertador y Montelíbano. Estos de San
Juan de Urabá, Puerto Escondido, Canalete, El Limón, esos de Pueblo Buho, otros
de Tres Palmas, Tres Piedras, etc. Un número considerable partía desde San
Bernardo del Viento, Lorica, Mata de Caña, San Pelayo, Cereté, etc. Era la
romería del Dulce Nombre de Jesús. Y la máxima fiesta a la que asistía María
Barilla, que no recordaba haber pasado por alto una fiesta del 20 de enero en
Montería, desde que tenía uso de razón.
María dio rienda suelta a su alegría. Un algo que no podía
describir le decía que gozara las últimas fiestas de su larga vida parrandera.
Se sentía mejor de salud, los accesos de tos eran menos frecuentes y ello le
permitió gozar entre las cuatro ruedas del fandango de la Plaza Grande hasta
que la banda ejecutó la última pieza cuando ya los rayos del sol le quitaban
con su luz el brillo a las llamas de las velas.
En la segunda noche, la del 20, fue de las primeras
bailadoras que llegó a la plaza al sonar el primer acorde de la banda encargada
de amenizar la fiesta, aceptó la invitación de uno de los bailadores y se
enroló en la rueda. Mucho después pidió su porro, una pieza musical que no
tenía nombre, porque los músicos de la época se inspiraban en las melodías de
la naturaleza, imitando con sus instrumentos el canto de las aves, los sonidos
emitidos por los animales, el ruido de las aguas, el chapoteo de los caimanes y
babillas en las ciénagas, el
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chirriar de los grillos en la noche, el croar de los sapos y
las ranas, el paso del viento por entre el ramaje de los árboles. Una canción
era iniciada por un músico y posteriormente la terminaban entre todos los
miembros de la banda, poniéndole cada uno un algo de su inspiración. Por eso se
hacían sin nombre y sólo con el correr de los días y después de muchas
interpretaciones, alguien, por cualquier circunstancia, les ponía un nombre.
Ese porro que tanto le gustaba, ya lo habían bautizado con
su nombre: María Barilla. Siguió bailando y pidió el porro "Domingo
Berrocal", su amante y su amigo; más adelante solicitó que le
interpretaran los porros "El Pájaro del Monte", "La Mona
Carolina" y "El Gavilán Garrapatero" y cuando comenzaba una vez
más los acordes del porro que llevaba su nombre, la asaltó un fuerte y
prolongado ataque de tos. El dolor fue tan violento que ni siquiera recurrió al
pañuelo. La asfixia que amenazaba con matarla allí mismo, en la rueda del
fandango, en el escenario de su vida, la llevó al piso. Los hombres y mujeres
que danzaban en las cuatro ruedas del fandango, los músicos, los vendedores de
velas y de ron, las fritangueras, las vendedoras de pan y de dulce, y hasta los
borrachos, se sintieron repentinamente libres de las brumas del alcohol, y
todos corrieron a socorrer a la hermana, a la amiga, a la compañera, y a la
madre, como la consideraban muchos que de ella recibieron ayuda generosa de su
pan, de sus vestidos, de sus cuidados como enfermera. En una hamaca improvisada
con los pollerines de varias bailadoras la llevaron corriendo a su modesta
residencia.
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Durante casi dos meses María se debatió entre la vida y la
muerte. Los médicos Giraldo, Caraballo, Marrugo y Pupo Villa, se turnaban para
atenderla. Ellos atiborraron los oídos de los monterianos con detalles
científicos sobre la enfermedad. Con los boticarios Numa y Gilbertico,
prepararon, a sabiendas de que el mal era irreversible, pero tratando de
aliviar la situación de la amiga danzarina, varios compuestos que llamaban
tuberculonastinas, que le inyectaban en un vacuo intento de inmunizarla contra
la enfermedad. Explicaban que se trataba de una enfermedad infecciosa,
contagiosa e inocultable, causada por el bacilo de Koch, que se dividía en una
serie considerable de infecciones según el lugar.
De acuerdo con el criterio de los médicos, la de María era una
tuberculosis aerógena adquirida por la inhalación de los bacilos de la
tuberculosis, mientras que otro médico consideraba que era además banal, es
decir, localizada en la base del pulmón; aquél señalaba que también podía
considerarse bronco génica por la extensión de la infección por la vía
bronquial y otro más señalaba que debía catalogarse asimismo como latente, por
cuanto se mantuvo inactiva por un tiempo considerable, sin síntomas pero
potencialmente activa.
Finalmente, tras una revisión conjunta de la paciente,
dictaminaron que María sufría de una tuberculosis pulmonar crónica, la forma
más frecuente "de la tuberculosis en general, tisis común, caracterizada
por la aparición, en los vértices en primer lugar y en segundo lugar y luego en
el resto del pulmón, de una infiltración de tubérculos con condensación del
tejido pulmonar, reblandecimiento
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por degeneración gaseosa y formación de excavaciones o
cavernas llenas de un líquido purulento y de materias degeneradas que se
eliminaban al exterior por vómicas. Los síntomas locales varían según la fase
en que se observa el proceso morboso: tos seca, hemoptisis a veces,
expectoración mucosa, inspiración ruidosa, expiración prolongada y soplo en el
período de infiltración o primer grado; estertores subcrepitantes, mucosos,
tos, expectoración en la que se encuentra el bacilo de Koch en el período de
reblandecimiento o segundo grado; voz cavernosa, broncofonía y otros signos
estetoscópicos de caverna en el período de excavación o tercer grado. Los
síntomas generales son: "Fiebre, pérdida del apetito, enflaquecimiento,
sudores matutinos, caquexia progresiva", concluía el diagnóstico de los
galenos.
María presentaba toda la sintomatología del tercer grado,
para entonces irreversible, porque muchos años después se concluyó que "la
enfermedad es curable, naturalmente, como todas las tuberculosis, por la
formación alrededor del foco tuberculoso de una cápsula de tejido fibroso
calcáreo, debido a una infiltración plástica, que previene la extensión del
proceso", y más adelante la invención de la vacuna.
Sorpresivamente la mujer presentó una total mejoría. Contra
la voluntad de los médicos que le recomendaban reposo total, volvió a sus
quehaceres, a lavar y planchar ropas, con una vitalidad sorprendente. Parecía
querer demostrar que había vencido a la terrible enfermedad, en esa época,
equiparable a la lepra de los antiguos y
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como era de esperarse, el afectado por el mal sufría el
rechazo de la sociedad.
Extrañamente también, Montería no la rechazó y prácticamente
todos le ofrecieron ayuda solidaria. Montería, que suele olvidar a sus
personajes después de las nueve noches, hizo con ella una excepción, como la
hizo más tarde con el único a quien ella no aceptó como parejo y al que
erigieron busto y le construyeron parque antes de que muriera.
Pero los pulmones de María estaban destruidos. Seis meses
después del primer ataque fuerte, sintió que desde adentro le venía un último
esputo y tapándose la boca para que nadie la escuchara, vomitó sobre la
almohada lo que le quedaba de vida.
María Sarilla, que como un sol iluminó las noches de fiestas
de los pueblos del Sinú, no pudo ganarle a la muerte en la última danza sobre
la tierra.
Fin


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